
El amigo Roland Emmerich no puede sorprender ni decepcionar a nadie a fecha de hoy. Desde que hiciera su primer blockbuster, Independence Day (1996), ha sido coherente con lo que ésta predicaba. Su cine-espectáculo antepone los efectos especiales a los personajes, la destrucción al guión. Es el cine de palomitas en su máximo esplendor, para bien o para mal. Podemos pensar que simplemente con desconectar las neuronas es fácil disfrutar de sus películas. No tanto. El problema de Emmerich, y lo arrastra en toda su filmografía central, es que no sabe distribuir las dosis de espectáculo y las dosis de “calma”. De este modo, cuando la palabrería hace acto de presencia, los personajes son tan planos y las situaciones tan ridículas, que no hacemos más que pensar en una nueva secuencia de destrucción. Sucedió, por ejemplo, con El día de mañana (The Day After Tomorrow, 2004), que nos impactaba con una primera mitad sublime, en cuanto a espectáculo, para luego dormir al más despierto con las relaciones de los personajes. Por esa razón, 2012, sin ser gran cosa, es lo mejor que ha hecho su director desde…Stargate (1994).


Fabricada para ser “la madre de todas las películas de catástrofes”, podemos ver en 2012 un cúmulo de momentos de puro clímax. Lo que en otras películas, como por ejemplo en la terrible Deep Impact (1998), tienes que esperar cien minutos hasta que, al final, el espectáculo de verdad haga entrada, lo tienes aquí desde el minuto veinte y casi sin pausa. No pasan otros diez minutos hasta que se destruye algún monumento famoso o se desintegra una gran ciudad. Llegados al desenlace, la trama se torna en un remedo de La aventura del Poseidón (The Poseidon Adventure, 1972), que sería más intenso de no ser porque ya suponemos (y probablemente acertaremos) quien va a sobrevivir y quien no.
En resumidas cuentas: Pasable
En resumidas cuentas: Pasable
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