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miércoles, 19 de enero de 2011

La otra hija (The New Daughter, 2010)


Un padre divorciado al cargo de sus hijos, un niño, y una niña a las puertas de la pubertad, compra una casa en un pueblo alejado de la ciudad. La hija pre-adolescente, como suele pasar en esas edades, se la tiene jurada al padre por aquello de apartarla de sus amigos y de las discotecas light. Un problema menor, pues la verdadera pesadilla comenzará cuando ésta descubre un montículo cercano a la casa. Se dice, que en la zona habitaba una especie de seres malignos que, antes de enfrentarse a su extinción, hicieron unos cuantos rezos no precisamente cristianos.

Cuando se anunció que La otra hija no vería las salas comerciales de Estados Unidos, algo empezó a oler mal. No obstante, que una película que previamente ha creado cierta expectación, cuenta con presupuesto decente y una estrella en su reparto, quede relegada al mercado domestico no tiene que hacernos pensar en lo peor. Pudiera ser que, aún tratándose de un buen producto, genial incluso, no sea fácil de vender por su temática, su fondo, su forma o por todo a la vez. Nunca se sabe. Pero, fueron las primeras impresiones que vinieron de allá, y posteriormente de algunos festivales especializados, como el de Sitges, las que bajaron definitivamente las expectativas.

La otra hija sí consiguió llegar a los cines españoles, aunque su paso fue tan invisible y deprimente como la ausencia de los políticos en las colas del paro. Si antes hablaba de expectativas no era porque tengamos a Kevin Costner de protagonista, pues bastante acabado está el hombre, ni porque le acompañase la niña de El laberinto del Fauno (2006), Ivana Baquero. Las expectativas, al menos las mías, se debían a que Luis Berdejo, co-guionista de la magnifica Rec (2007) y director de algunos cortos bastante curiosos, se iniciaba en esto del largo.

El principal problema se empieza a notar a la media hora, y no es otra cosa que el guión. La puesta en escena no está mal (Berdejo compone algunos planos muy inteligentes, y se muestra sobrio casi siempre), la banda sonora tampoco, y las interpretaciones cumplen más o menos; pero el libreto, firmado por John Travis (adaptando, a su modo, una novela de John Connolly) por momentos deja de ser fumable. Más que un guión propiamente dicho, lo que tenemos es un cúmulo de ideas, convertidas en historias que, de algún modo, forman un nexo de unión en las casi dos horas de metraje. Aunque la historia en sí es la misma, la del padre que llega con sus dos hijos a una nueva casa de esas que “ocultan algo”, poco a poco el batiburrillo nos lleva por sitios variados; tenemos un thriller con hija psicópata, rollo La huérfana (Orphan, 2009); o también un típico filme de casas malditas; o también una de terror con bichejos; y todo con un poco de drama por allí, un poco de brujería por allá, o un poco de “¡parar esto ya…coño!”, en los que nosotros nos concierne. No es que el aquí firmante no sea capaz de aguantar variedad de géneros y temas insertados en la misma película (nada más lejos de la realidad), sino que le jode que un guión escrito de forma descuidada le ponga dolor de cabeza.

Berdejo pone en imágenes dicha trama, o tramas, con un acertado gusto por la narración clásica del género de terror. No se olvida de algún susto fácil, pero, en general, el suspense creado, sea más o menos efectivo, lo basa en el movimiento de cámara y los elementos de los que dispone en pantalla; el ataque a la niñera por parte de los “seres malignos” se resuelve dejando la acción al otro lado de una puerta, con el ruido y el movimiento del pomo como indicadores de la gravedad de la situación; y sobretodo magnifico, planificación heredada del mejor Shyamalan, es el plano que cierra la película.

Lastima que, como ya comenté, La otra hija se resienta de un guión flojo y mucho más confuso que complejo, más aburrido que intrigante. Tampoco faltan elementos inconclusos (el presunto romance de Costner con la profesora que interpreta Samantha Mathis) y otros no se desarrollan lo suficiente (el personaje del científico y su visita al pueblo). No sabe a decepción, pues a estas alturas poco se esperaba de ella, pero nos quedamos con ganas de ver el verdadero talento que, a priori, puede plasmar en pantalla su director.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Los niños no deben jugar con cosas muertas (Children Shouldn´t Play with Dead Things, 1972)


Un cineasta venido a menos lleva a su particular troupe de intérpretes de segunda fila hasta un cementerio. Una vez allí le da por hacer un ritual de magia negra para que cobre vida un cadáver robado de su tumba. Aparentemente la cosa no funciona y la situación es tomada a broma por la mayoría de los implicados, pero los muertos han oído el mensaje y tienen ganas de salir a comer.

Habían pasado cuatro años desde que George A. Romero revolucionara el cine de terror, y concretamente el subgénero de zombis, con la notable La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, 1968). Todo gran éxito dentro de un tema suele llevar a la explotación del mismo. El director Bob Clark fue uno de los que vio el filón en los nuevos zombis caníbales. Consiguió setenta mil dólares, un puñado de actrices y actores de talento cero (uno de ellos era Alan Orsby, también guionista del invento junto a la propia hermana de Clark, Aimee), y se puso manos a la obra con esta pequeña película que, cosas de la vida, terminó siendo de culto.

Los comienzos de Bob Clark fueron fuente de películas de culto. No solo pasó con la que nos ocupa, sino también con las superiores Black Christmas (1974), que no hace mucho contó con un mediocre remake, o Crimen en la noche (Dead of Night, 1974).

En su estreno, quisieron vender Los niños no deben jugar con cosas muertas como una secuela de legendaria obra de Romero. Tanto, que también fue conocida como La noche de los muertos vivientes 2. En realidad no tiene mucho que ver con aquella, salvo porque en el clímax final aparecen muertos vivientes y los protagonistas se encierran en una cabaña.

La primera hora es una especie de comedia de terror con personajes y diálogos irritantes que provocan sopor y diarrea por igual. Pero, a partir de ahí, concretamente después de una ceremonia satánica cutre, se empieza a comprender porque ha llegado a ser más o menos recordada en la actualidad; la comedia insulsa se convierte en un eficaz suspense. Siempre estamos expectantes en el juego al que los protagonistas “someten” a sus intereses a un cadáver secuestrado de su tumba. Estamos a la espera, deseosos de que por fin cobre vida y devoré la yugular que le pille más cerca. Sin embargo, Clark opta por alargar ese suspense de forma coherente, y es en los últimos quince minutos en los que los muertos caminan definitivamente.

Cierto es que para llegar a ver cosas interesantes tenemos que tragarnos un bodrio de sesenta minutos, pero la espera vale la pena; el asedio de los zombis a la cabaña consigue momentos magníficos. Todo pasa rápido, creando el mayor impacto (pensemos que se estrenó en 1972) en un espacio de tiempo reducido. Algo similar a un premio al espectador paciente que ha sabido aguantar hasta el final. El problema (o no) se encuentra en que, a diferencia, ya que estamos, de La noche de los muertos vivientes, aquí no hay ningún personaje bien trazado con el que hayamos conectado. Más bien son seres anodinos de los que esperamos una merecida defunción.

Pese al mal rollo de los últimos minutos, se echa en falta algo de gore. Resulta chocante una película de zombis, ya sea de los setenta o actual, en la que el liquido rojo y los desmembramientos a penas muestren unas pinceladas. En Los niños no deberían jugar con cosas muertas todo esto se intuye más que se muestra. Tal vez les salieron demasiado casposos los efectos y prefirieron la opción de dejarlo a nuestra imaginación, o tal vez se gastaron el dinero en decenas de litros de alcohol para contentar a los extras.

Bob Clark falleció en 2007. Un marco amplio de su carrera posterior la desarrolló en televisión, pero antes de eso también dirigió la no menos de culto Porky´s (1982), que dio el pistoletazo de salida a la marabunta de títulos de adolescentes salidos que, en su mayoría, dan bastante más miedo que los comienzos de este director.  

martes, 31 de agosto de 2010

Mini reseñas: Solomon Kane (2009), The Collector (2009), Miedos 3d (The Hole, 2009)


El género de espada y brujería no está siendo muy utilizado en los últimos años. Tal vez por ello, cuando una producción de cierta enjundia se aproxima a las pantallas, muchos aficionados se crean unas expectativas altas. Por las ganas de ver algo nuevo, supongo. Si la propuesta es, además, una adaptación de Solomon Kane, clásico de Robert E. Howard, creador nada menos que de Conan, pues ya está todo dicho. Dentro de esas expectativas es donde no funciona la película que nos ocupa. Y no lo hace porque no está concebida con el espero necesario, sino con el justo, correcto, para cumplir en lo mínimo y volver a casa. De este modo, Solomon Kane, la película, tiene una atmosfera cuidada, un buen protagonista (James Purefoy no lo hace nada mal como Solomon), pero ya está. El guión titubea de un lado a otro creando un conjunto irregular, pese a que en parte consigue captar la esencia de la obra de Howard, pero solo en parte. De ahí que haya momentos interesantes y visualmente muy conseguidos, y justo después otros más planos y aburridos. También habría que destacar, en lo malo, que a un villano tan llamativo como el enmascarado se le preste poca atención y su final se resuelva de forma tan precipitada. Supongo que el director, Michael J. Bassett, firmante de otra “medio entretenida”, Deathwatch (2002) no es John Millius, aunque dentro de lo que cabe tampoco lo haga mal, pues quedan escenas potentes como el citado prologo, el descubrimiento de los “zombis” en la cabaña o la crucifixión de Solomon. Pero no es suficiente para llegar a ser buena, y menos, tan buena como querrian los fans de Howard. Valoración (0 a 5): 2,5
 

The Collector es una de esas películas que veía colgadas en la red y nunca preste demasiada atención. Su estreno poco publicitado en Estados Unidos tuvo lugar el año pasado, y en España no se ha sabido nada de ella, como empieza a ser tristemente habitual con cierto tipo de cine de terror. Pero, como decía, gracias a la red podemos echarla un vistazo. Y una vez más, la red es nuestra amiga. Gracias a ella he podido sorprenderme con uno de los mejores body count de lo que llevamos de siglo XXI. Vale que el nivel no esté por las nubes, pero aquí hay calidad. Mirando los créditos, me encuentro con que el director, Marcus Dunstan, ha sido guionista de las ultimas cuatro entregas de la saga Saw (incluido en ellas que la que está a punto de estrenarse, es decir, la séptima), lo cual se deja entrever en el contenido de la que es su opera prima (juega de nuevo con personajes dentro de un entorno de trampas macabras y psicópata rondándoles) . Lo gracioso es que, de lejos, The Collector es mejor que cualquier entrega de tan popular y taquillera saga. Principalmente, porque sin prescindir del mismo gore que aquellas, se las han arreglado para crear un suspense de lo más efectivo durante sus noventa minutos. Siempre pasa algo que te hace estar pendiente, las trampas en lugar de estar dosificadas como único interés de la trama, son parte de ella, y las interpretaciones (sorprendente Josh Stewart en rol principal) cumplen por encima de la media en este tipo de productos. Así, The Collector se convierte en una de las mejores muestras del denominado toture porn moderno. Valoración (0 a 5): 3,5
 

Los buenos tiempos parecen haber pasado para los viejos del fantástico y el terror. George A. Romero, Wes Craven o Tobe Hooper (la única excepción, aunque no del todo, sería John Carpenter) no pasan por sus mejores momentos. Lo mismo se podría decir de Joe Dante tras ver este Miedos 3d. Pese a que el director de Aullidos (The Howling, 1981) o Gremlins (1984) fue de los que más salvo la papeleta en el irregular invento televisivo Maestros del terror (Masters of horror, 2005-¿?) , su regreso a la pantalla grande deja un sabor agridulce. Por un lado, recupera parte de la esencia de ese cine de terror infantil y juvenil que tanto nos gustaba de los ochenta. Aunque por momentos se pierde y recuerda más a los telefilmes de la Disney Channel. Tampoco hay que olvidar que Miedos 3d es un producto, desde su concepción, menor. Un encargo, vaya. Con todo, sus personajes adolescentes no caen mal y la trama, aunque no entusiasme en ningún momento, tampoco hace daño. Al fin y al cabo, es lo de siempre: unos chavales descubren una puerta a otro mundo (o algo) en el sótano de su casa, y ésta desencadena sus miedos personales, que terminan por ser un muñeco con mala leche (tal vez lo más destacable de la función, aunque se le podría haber dado más juego), una niña fantasma que quiere decir sus ultimas palabras y otra cosa que, como se supone que es “sorpresa final“, pues no lo cuento. Eso sí, hay que agradecer que, con pocos medios, hayan conseguido un uso efectivo del 3d, que sirve para meter en la historia (atención a los últimos quince minutos, o las escenas que nos sitúan en la perspectiva del “agujero” del sótano) más que para introducir aburridos efectismos. Valoración (0 a 5): 2,5

miércoles, 14 de abril de 2010

Despedazator (Slime City, 1987)


Madre mía. Aunque más bien, espero que mi madre no sepa que veo estas cosas. Yo sé que estoy cuerdo, pero no tiene porque creerlo todo el mundo. Todo esto no lo digo porque Despedazator sea una película enfermiza, solo para mentes curtidas. Al contrario, es pura coña. Pero tiene algo, aún no sé el que. Es tan, TAN mala, horripilante, risible, vergonzosa, casposa y estupida, que mientras uno esta en su casa, sólito, sentado frente a ella, esperas que nadie sepa que, por misteriosos motivos, te entretiene suficiente para verla hasta el final. La cosa (no película) trata de un tipejo que alquila un piso de un bloque antiguo y mugriento. Lo hace para estar cerca de su novia y  poder relacionarse con ella más allá de los besitos en el parque. Los vecinos son igual de mugrientos que el bloque. Básicamente, tenemos a dos viejas que están siempre en el portal, una especie de punkarra hippie con ínfulas de poeta, y a una tipa disfrazada de Elvira, dueña de las tinieblas (Elvira: Mistress of the Darkness, 1988), que al menos tiene su morbo. El tipejo la desea tanto que, en una mezcla de deseo y desesperación (su novia sólo pasa por su casa para saludarle) termina cayendo en el pecado. Eso, un extraño alimento verde, yogurt del Himalaya (sic), que le proporciona el otro vecino punkarra, así como un licor también de color verde, le terminan convirtiendo en un asesino con la cara llena de pus y otras sustancias asquerosas. Todo es parte de un plan de los vecinos (viejas incluidas) para que vuelva de la muerte un alquimista que vivió allí años atrás.


Pero ojo, aunque el conjunto no aburra entre algunas escenas gore (atención al morro que le echan en una en concreto, la del atracador, al que le amputan el brazo y podemos intuir como tiene el verdadero escondido debajo de la camiseta), diálogos divertidos por tan bochornosos e interpretaciones ridículas (no hay que prestar mucha atención para comprobar que los actores, por momentos, están a punto de partirse el culo), vale la pena quedarse para ver los últimos cinco minutos. No sé si les salió de chiripa, pero ese clímax final recuerda a los mejores tiempos del gore añejo, con Mal gusto (Bad Taste, 1987) a la cabeza. Eso si, aceptando que los trucajes son descaradamente salchichas coloreadas y cosas por el estilo. Curiosidades: El actor Alan Rickman se pasea por la película, en una epoca en la que aún deberían pagarle con chicles en lugar de billetes. Supongo que hoy en día hará lo posible por olvidar que apareció en esto, o tal vez la ponga en su casa para dar fiestas peli-birreras hasta necesitar una inyección b 12. El director, un tal Greb Lamberson, no hizo mucho más en su posterior carrera. Aunque, cuidado, porque este año pretende atacar de nuevo con una continuación de tan magna obra, que se titulará Slime City Massacre.

Valoración (0 a 5): 1,5

sábado, 16 de enero de 2010

Sherlock Holmes (2009)



Largo ha sido el recorrido del mítico detective Sherlock Holmes. Creado en 1887 por Sir Arthur Conan Doyle, ha proporcionado a la literatura decenas de historias entre series de novelas y relatos. Posiblemente inspirado en Auguste Dupin, personaje creado por Edgar Allan Poe, Holmes consiguió una mayor popularidad. El cine no tardó en darse cuenta del filón, y desde entonces actores como Peter Cushing, Robert Stephens, Jeremy Brett o Basil Rathbone le han dado vida en cine o televisión. La ingente cantidad de películas sobre el personaje, desde 1900 hasta nuestros días, es solo una parte del universo extra-literario surgido. El teatro, los cómics y los videojuegos también han tenido un papel importante, y las series de dibujos animados le acercaron a los más pequeños. Aunque ya se había modernizado la estética y el tono con la magnifica El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, 1985), que narraba sus inicios, faltaba llevarlo a un nuevo nivel actual dentro de su madurez. Es ahí donde ha recaído el interés del guión, en contar lo mismo de siempre, pero añadiendo mayor sarcasmo, desfachatez y, como sino de los tiempos, elementos de aventura y acción digital.



En realidad, el referente directo de éste Sherlock Holmes es el cómic Lionel Wigram, que, dejando intacta la base de los personajes, añadió nuevas habilidades a los personajes y sacó a relucir más las que andaban algo tapadas (el Holmes que combate cuerpo a cuerpo, Watson experto en el uso de la espada). La intención es la de hacer un blockbuster, accesible a todo tipo de espectador, de cara a crear la imprescindible franquicia. En ese sentido, la idea de otorgar la dirección a un tipo ajeno a estas superproducciones, como es Guy Ritchie, resulta desconcertante en un principio. Pero, echando la vista no muy atrás, directores como Sam Raimi y Peter Jackson, otrora reyes del (buen) terror de bajo presupuesto y, al igual que Ritchie, autores bastante alocados y dispuestos al sano desvarío del montaje, han sido elegidos para salir de su relativo underground y hacerse cargo de algunas de las sagas más taquilleras de la historia. El traspaso, como era de esperar, provoca la desaparición de parte de su firma, en pro de lo convencional, aunque respeta otra parte de los vicios creativos que le dieron  fama con las más que correctas Lock & Stock (Lock, Stock and Two Smoking Barrels, 1998) o Snatch, cerdos y diamantes (Snatch, 2000).



El mayor acierto de Sherlock Holmes se encuentra en el casting. Robert Downey Jr. y Jude Law, poniendo rostro a Sherlock y Watson, respectivamente, aportan la suficiente personalidad y carisma en sus roles. En el caso de Downey Jr., estupendo actor justamente resucitado en los últimos años, éste demuestra una vez más que es capaz de llevar en sus hombros no solo, como estrella, el peso de la función, sino también dotarla de la (citada) personalidad que, en otros tiempos, solía ser marca de la casa de James Stewart, Robert De Niro o Al Pacino, entre otros. Ahora bien, que eso sea suficiente para aplaudir Sherlock Holmes es relativo. Y es que, aun con los buenos valores mencionados, la película se resiente de un tono en la dirección algo disperso. Le falta un hervor, vaya. Si la pretensión de Ritchie es marcarse un blockbuster, éste se queda corto, y si es mantener su estatus de autor, se pierde bastante por el camino. Un caso similar a lo ocurrido con el Hulk (2003) de Ang Lee, que sin ser una mala película, peca de quedarse a medias en la búsqueda de su verdadera entidad. A parte, Ritchie no parece cómodo con las escenas de acción, por lo que, aunque funcionales, no consiguen impactar o entretener más allá de lo pasable.

domingo, 18 de octubre de 2009

Troll 2 (1990)


Una familia se muda, mediante un intercambio, a una granja situada en un pequeño pueblo. El hijo pequeño recibe visitas de su abuelo fallecido. En dichas visitas, es avisado del peligro que corren en el pueblo, pues sus habitantes son trolls camuflados bajo apariencia humana.

El fenómeno que acompaña tan casposa película para muchos es inexplicable. Para mí también. Troll 2, orgullosa de ostentar el titulo de “la peor película de la historia”, se ha convertido en Estados Unidos en un “espectáculo” de sesión golfa. Aunque hayan pasado unos cuantos años desde su estreno, es ahora cuando se la está dando tanta presunta importancia. Pero creerme, no hay para tanto, ni para bien ni para mal. Al igual que sucedió con una de las cult movies por excelencia, The Rocky Horror Picture Show (1975), grupos de frikis bastante extremos se unen, a modo de fiesta, para echarse unas risas y sentirse orgullos de su condición. Los acompañantes para la función son líquidos y alimentos verdosos, como los que vemos en la película, y también están los que se disfrazan de troll y tonterías similares. Lo que llevan haciendo los fanáticos de La guerra de las galaxias durante décadas, aunque en plan cutre.

Troll 2 es más mala que hacer tragar excrementos a tu mejor amigo, pero aún así, las hay peores, muchas. El fenómeno no ha surgido porque sea insufrible, sino porque es considerada una buena mala película como pocas. Aquí también discrepo. Precisamente, diversión no hay mucha. No tiene gracia. Incluso me atrevo a decir que, aunque también sea un cagarro, la primera es mejor y más divertida como mala película. No obstante, las cosas como son, Troll 2 tiene una de las escenas más míticas del trash. El momento en el que uno de los personajes grita, al saber que los trolls tienen intenciones de comérselo después de convertirle en planta (¡!). El gritito, largo y falso, es una de las cumbres del bochorno cinematográfico. Y lo es precisamente porque no está preparado, no es malo a posta. No es como las defecaciones para mongoles del también escaso de neuronas Pedro Temboury -el de Karate a muerte en Torremolinos (2003)-. Al menos en este sentido cabe tener cierta simpatía a la película. Bueno, ya puestos, reconozco que la macabra “sorpresa” final (en la que contemplamos otro risible grito sobreactuado) es cojonuda. La inesperada trascendencia de la película ha sido capaz de hacer que alguien dedique su tiempo a hacer un documental sobre ella. Se trata de Best Worst Movie (2009), en la que hacen acto de presencia muchos de los que tuvieron que ver con el engendro. Algunos se habrán dedicado al cine porno, otros recogerán cartones, y otros darán conferencias para esos fans que comen alimentos verdes. La verdad es que no dudo que tal documental sea más interesante, y posiblemente entretenide, que la película en cuestión. De hecho, escribiendo esto me han entrado ganas de verlo. Espero, si es que lo encuentro y me atrevo a verlo, no transformarme en una ladilla verdosa, o peor, en una planta dispuesta para ser devorada por los malvados enanos del bosque.

Mítico y bochornoso grito

viernes, 16 de octubre de 2009

The Black Door (2003)


Un estudiante estuvo meses preparando una tesis. En ella, investigaba las imágenes de un antiguo ritual satánico. Dicha investigación le llevó a adentrarse en oscuros lugares que nunca habría imaginado. El estado en que se encuentra en la actualidad dicho estudiante, postrado en la cama de un hospital y con pocos días de vida, es grabado por unos periodistas, hasta el final, conociendo el misterio que rodea el extraño caso.

Los festivales de cine a veces resultan engañosos. El ambiente que procura la sala llena de fans dispuestos a pasarlo bien, puede hacer que sumemos más puntos de lo debido a alguna que otra película. Así mismo, algunos jurados parecen querer premiar propuestas solo por hecho de resultar diferentes o por el efecto “impacto” que puedan tener esos días. Que una película como The Black Door se alzase con el premio a la mejor película en la “semana de terror de Malaga” se adhiere a dichas posibilidades. No fueron pocos los que hablaban de la, supuesta, mejor película de terror satánico desde El exorcista (The Exorcist, 1973). Nada de eso. Aunque también es cierto que, salvo contadas excepciones, no es un subgénero que haya dado demasiadas alegrías. The Black Door está rodada en formato de falso documental, una posible garantía de cara a crear morbo y facilitar la predisposición del espectador en las escenas de terror. Pero solo funciona en algunos momentos. La conseguida estructura del guión se divide entre entrevistas, una antigua filmación en la que se realiza un ritual satánico y otra, moderna, en la que la descubrimos que le sucedió a la victima del relato para llegar al moribundo estado actual. Como apunté, dicha estructura está conseguida, pero solo desde el punto de vista de la premisa, pues el conjunto se resiente de irregularidad.

La parte de las entrevistas se debate entre situaciones mediocres (la sobreactuación del cura) o perturbadoras (el monologo del miembro de la secta); los puntos álgidos, el ritual y la visita del joven, cámara en mano, a la casa maldita, inquietan en determinados momentos. No obstante, queda la sensación de que sus responsables se han quedado a medias, sin querer, o sin saber, explotar con toda su fuerza el buen material que tenían entre manos. Por esta razón, The Black Door, es una película que llega a inquietar, pero no a aterrar. Intenta sorprender, aunque su loable intento no obtiene los resultados esperados. Sus noventa minutos se mueven en un tira y afloja de arranque y freno que, llegados al desenlace pierden su sentido hiperrealista por culpa de un final-parche del todo innecesario y reiterativo. Más allá del primer visionado, puede que se trate de una buena película Fast Foward, es decir, de recuperar sus buenos momentos (que los tiene) pero alejarse del poco aliciente que supone el resto.

Lo mejor: La entrevista al miembro de la secta.

Lo peor: La irregularidad del conjunto.

Valoración (0 a 10): 5,5

Trailer

domingo, 23 de agosto de 2009

El reino prohibido (The Forbidden Kingdom, 2008)


Un adolescente, fantástico del cine de artes marciales, asiste a la muerte de un anciano, dueño de una tienda de material asiático al que es asiduo. Antes de morir, el anciano le entrega un amuleto que, dice, guarda una leyenda. Pronto, el joven se verá viajando, sin pretenderlo, a una época diferente.

Curioso. El año pasado fue elegido por cuatro de los actores más populares y aclamados, cada uno a su modo, para unirse por primera vez en una pantalla tras largos años de respectivas carreras. Por un lado, tuvimos el tandem formado por Al Pacino y Robert DeNiro en Asesinato justo (Righteous Hill). Aunque ya habían compartido créditos en otras películas, aquí compartían planos por primera vez. También tuvimos el de la propuesta que nos ocupa, con las dos estrellas (vivas) de artes marciales más populares, Jackie Chan y Jet Li. Y es curioso no solo porque decidieran juntase por fin, sino porque las películas elegidas para tal unión no son nada del otro jueves. Todo esto le lleva a uno a preguntarse el porqué de tales decisiones ahora y no antes, con la de guiones, seguro que varios mejores, que han tenido que pasar por sus manos. Pero las cosas están así, y lo cierto es que El reino prohibido no es una película que haga daño a la vista, pero no es merecedora de constar en la historia como el pedazo de celuloide que junto a las dos estrellas de artes marciales de finales del siglo XX y principios del XXI.

En El reino prohibido se funde el wuxia propio del cine oriental, consecuentemente aderezado y estilizado de cara a su visión occidental, con el cine de aventuras juvenil made in Hollywood. El resultado es decepcionante por encontrarse protagonizada por Chan y Li, aunque, de no tener nada que ver con ellos, estaríamos hablando de una entretenida fantasía de artes marciales, que cumple sin problemas su cometido de hacernos pasar el rato. Con todo, habría que añadir que quince minutos menos ayudarían al conjunto. No hay mucho que contar, por lo que, una vez puestas las cartas sobre la mesa, lo único que devuelve nuestros ojos a la pantalla son las escenas de acción, bien coreografiadas y efectivas, pero carentes de originalidad. El resto no tiene demasiado interés, pese a que tan solo ocupe un veinte por ciento de la trama. El reino prohibido está dirigida con labor de artesano por Rob Minkoff, que ahí donde le veis fue el director de una de las mejores y más exitosas películas de animación de la historia, El rey león (The Lion King, 1994).

Lo mejor: Ver a Jackie Chan y Jet Li unidos en pantalla, y peleando en una escena (pero con cables). Y bueno, quitando algunos momentos, es entretenida.

Lo peor: A parte de que se podía haber sacado mucho más provecho de la propuesta, el chaval protagonista es un tanto repelente.

Valoración (0 a 10): 5

Trailer

sábado, 8 de agosto de 2009

Arrástrame al infierno (Drag Me to Hell, 2009)



El banco en el que trabaja Christine tiene la mesa del subdirector a la espera de un ascenso. Ella está entre los principales aspirantes, pero su buen corazón hace que no consiga ser todo lo despiadado que su jefe necesita. La visita de una anciana gitana, que pide una prorroga de su hipoteca para no quedarse en la calle, será su oportunidad para tomar una decisión que, aunque cruel, la llevaría más de cerca del deseado puesto. Pese a sus dudas, decide no aceptar la petición de la anciana, la cual, como venganza, la echa una maldición. A partir de este momento, Christine será perseguida por un demonio cuya intención es llevársela al mismísimo infierno.

Ante todo, debemos ser cautelosos a la hora de valorar una película como Arrástrame al infierno. En el territorio del espectador fan se pueden encontrar dos ramas opuestas, pero igual de propensas al equivoco: los seguidores de su director, Sam Raimi, que buscan en ésta su regreso al terror con unas expectativas desmesuradas, y los que, por el contrario, se dejan llevar por la complicidad de su retorno. De nuevo, ante todo, hay que ser cuidadosos con el material con el que juega Raimi. Ya no es el director independiente que rodaba con colegas y presupuestos ínfimos. Ahora se encuentra en el rollo mainstream, y el presupuesto pasa de unos cuantos miles de dólares a treinta millones. Por tanto, no se puede pedir lo mismo, pues el cine, para el que no lo sepa, además de arte es negocio. Encarar Arrástrame al infierno como una nueva Posesión infernal (Evil Dead, 1978), tan sangrienta, macarra, y rompedora en cuanto a originalidad, es tarea (casi) imposible. Raimi, consciente de ello, y ya sea por divertirse un rato sin complicarse o por la (meritoria) labor de auto homenajearse lo mejor posible sin caer en el esperpento o la prepotencia, ha diseñado un divertimento más soft de lo que algunos esperan, pero también más nostálgico, referencial a su propia obra y con mala leche de lo que podría haber sido.


Recordemos que Sam Rami, icono del cine de terror gracias a una genial trilogía que dio inicio con la citada Posesión infernal, y continuó con Terroríficamente muertos (Evil Dead II, 1984) y El ejército de las tinieblas (Army of Darkness, 1993), siempre se caracterizó en este terreno por su estilo vertiginoso detrás de la cámara. Una especie de anarquismo visual que, sumado a la mala hostia y el humor negro que recorren sus guiones, convirtió su talento en uno de los más perseguidos por la industria en años posteriores. De ahí que tanto Raimi como otro gurú del terror y el gore, Peter Jackson, hayan asaltado dos de los proyectos más entusiastas y megalómanos de las últimas décadas. Después de arrasar en todo el mundo con su, hasta ahora, trilogía de Spider-Man (2001-2006), Raimi necesitaba un descanso, un paréntesis entre tanto blockbuster, y por fin centrarse en lo que muchos le veníamos pidiendo desde hace años.


He leído por ahí ciertos comentarios que tachan de racista la película. Por aquello de que los “malos” no son estadounidenses. Tenemos a la anciana que echa la maldición a la protagonista, que es gitana. El compañero del banco, competencia para ascender al ansiado puesto de subdirector, recae en un asiático, pelota, traicionero y falso. Pero querer ver en esto racismo es del todo absurdo y síntoma de no ver más allá de lo básico. En realidad, en Arrástrame al infierno, casi todos los personajes son malas personas. La misma protagonista recibe su castigo tras portarse de forma egoísta y trepa con la anciana y negarla el crédito de la hipoteca. Prefiere dejar a una vieja en la calle y quedar bien, tanto con su jefe, un director de banco arrogante, y los padres de su novio, más interesados en la situación económica de ella que en su valor como persona y pareja de su hijo. Es de este modo poco sutil como Sam Raimi enfoca su crítica hacia la egoísta y avariciosa sociedad actual, una sociedad capitalista que prefiere el papel verde y el bienestar propio, sin pensar en las consecuencias colaterales que ello traerá.

Arrástrame al infierno es, siendo cuidadosos como apunté al principio, una buena película. No es igual, ni mejor, que su trilogía terrorífica. En cambio, si que es mejor, y bastante, que muchas de las películas comerciales del género que se han estrenado en cines desde entonces. Supongo que esto de hacer cine, al igual que montar en bici, no se olvida. Por mucho que echemos de menos más hemoglobina, algo más de gamberrismo y, que coño, un cameo de Bruce Campbell, Arrástrame al infierno sigue siendo Raimi. Citar al respecto tres momentos: el encuentro y posterior lucha en el parking entre la protagonista y la gitana; la visita al cementerio y, sobretodo, la sesión de espiritismo. Es aquí donde el nervio del director se detecta sin problemas. Tenemos fantasmas soltando tacos mientras sus pies se levantan del suelo, litros de pus y otras sustancias poco recomendables yendo a parar a la cara más próxima, sobresaltos cargados de humor negro, y en general un agradecido sabor a cine de los setenta y ochenta. La magnifica banda sonora de Christopher Young, a medio camino entre el terror y la fabula, hace el resto.

No todo son flores en el camino. El guión, firmado por el propio director con la ayuda de su hermano, Ivan Raimi (al que podemos ver interpretando al director del banco), alarga demasiado algunas escenas que, bien planteadas, hubiesen sido redondas (la cena con los suegros, la indecisión ante a quien dar el botón). La utilización de (flojos) efectos especiales creados por ordenador resta efectividad a momentos que deberían causar impacto y/o mayor simpatía (los ojos “saltones”, la cabra siendo poseída durante el ritual). Errores menores a lo largo de cien minutos con más pros que contras, más aciertos que intentos loables. Seguro que Sam Raimi puede currárselo más y ofrecer nuevas obras maestras, aún sin ser original. En este sentido, para algunos (fans con expectativas por las nubes), Arrástrame al infierno podría será un regreso con halo de decepción, pero para los que creemos que no solo de obras maestras o de superarse a si mismo viven el cine y un director, respectivamente, seguro que se trata de una de las propuestas más frescas, hasta cierto punto atrevidas, y coherentes tanto con la evolución de un cineasta como con la de un género, que han llegado a las pantallas en unos cuantos años.

Lo mejor: La acertada cohesión entre el terror y el humor negro, sin que ninguno se sobreponga al otro. De este modo, tenemos una película que inquieta, pero que a la vez se puede tomar a cachondeo sin que se pierda respeto así misma. Los momentos más Raimi son de aplauso, tanto por la buena realización como por la nostalgia que despiertan. Y el desenlace, que no revelaré, la suma un punto más.

Lo peor: Un guión que, pese a tener grandes aciertos, también deviene por momentos en la reiteración. El uso de efectos digitales se antoja fallido, y, algo que para nada esperaba, se recurre demasiado al truco de subir el volumen hasta dejar sordo para producir sobresaltos.

Valoración (0 a 10): 7,5

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Leer critica Arrástrame al Infierno (Drag me to Hell) en Muchocine.net

sábado, 30 de mayo de 2009

Art of the Devil 3 (Long khong 2, 2008)


Precuela de la segunda entrega, en la que la joven adicta a la magia negra vuelve a torturar a ingenuos que se adentraron en ese oscuro mundo pidiendo un deseo mediante un ritual.

Debo ser masoca. Después de sufrir la terrible Art of the Devil (Khon Ien khong, 2004), me atreví con la segunda parte, Art of the Devil 2 (Long khong, 2005). Para mi sorpresa, sin ser nada del otro jueves, al menos resultaba correcta. Es por ello que decidí darle una oportunidad a Art of the Devil 3. Sin llegar a los extremos de aburrimiento e idiotez de la primera, lo que nos propone está especie de precuela de la segunda (¡!) es un bodriete con más verborrea sin interés que momentos de impacto. Al menos hasta llegados a unos últimos veinte minutos que, aunque no sean suficientes para hacernos olvidar el tedio anterior, al menos nos hacen sentirnos menos idiotas por perder el tiempo. Y es que esto del thai-horror más comercial es lo que tiene. La formula está agotada.

Cierto que la formula de, por ejemplo, el body count tipo Viernes 13 (Fridat the 13th, 1980) también lo está hace años. Pero, sin embargo, al menos esas películas, mejores o peores, suelen entretener al que guste del tema. El terror oriental, o parte de él, comete siempre el mismo error: el ritmo. Culturas distintas, supongo. Pero eso no quita que joyas como la japonesa Kairo (Kiyoshi Kurosawa, 2001) o la surcoreana Dos hermanas (Janghwa Hongryeon, 2003), pese a tener un ritmo más pausado que la que nos ocupa o tantas otras de dicha moda, sean siempre interesantes, sugestivas e incluso a veces terroríficas. De Art of the Devil 3 lo único que podemos sacar en claro son algunos momentos gore currados. En el clímax final se suceden varias torturas bastante crueles y explicitas, que superan a lo visto en la segunda entrega. Por lo demás, tedio, guión confuso y la sensación de que estoy tan loco que me tragare una cuarta si terminan haciéndola.

Lo mejor: Los últimos veinte minutos.

Lo peor: Lo anterior.

Valoración (0 a 10): 3,5

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miércoles, 3 de septiembre de 2008

Zombie Nation (2004)

“Un policía corrupto secuestra chicas jóvenes y guapas, y después de mirarlas los dientes y ponerlas una inyección, se pone a ver la tele. El caso es que después las chicas resucitan gracias a la brujería, pero ya no son humanas, sino zombis en busca de venganza”.

Me gusta la serie B. Me gusta la serie Z. Me gustan las películas de zombis. Esto no me gusta. Posiblemente después de escribir ésto, lo mejor seria cerrar la reseña y centrarme en otra cosa, pero cosas de tener un blog, me apetece comentarlo un poco más para que aquellos que al igual que yo sean aficionados a este tipo de cine no les hagan sufrir hora y media con semejante esperpento. Las películas de zombis modernas que salen directamente al video club son temibles. Todo cinéfago sabe eso. Pero siempre puede haber alguna sorpresa, alguna película medianamente entretenida, o alguna película que, aunque horrible, tiene cierto encanto para ser vista con los colegas y varias jarras de alcohol. Este no es ninguno de esos casos. Zombie Nation es posiblemente la peor película de zombis que el que esto escribe ha podido ver. Si no la peor, de las peores. Y ésto lo dice alguien que se ha tragado cantidad de basura que fácilmente ha podido dañar sus neuronas. Primero, decir que Zombie Nation no es una película de zombis, aunque en la etiqueta de ahí abajo tendré que ponerla como tal. Hay zombis, pero…si a poner mucho maquillaje de ojos a cuatro muchachas se le considera caracterizar zombis creo que incluso Jess Franco debería ser uno de los genios en la materia.


No hay nada, absolutamente nada, que hasta los últimos diez minutos nos haga pensar que ésto se trata de una película de zombis, más allá de que su titulo sea el poco sutil Zombie Nation, y que en su trailer aparezcan esos diez minutos resumidos en dos. La cosa es muy chunga amigos. No sé que tiene que hacer la gente para ir a estos castings, ni quiero pensarlo, ni tampoco quiero pensar a qué se dedican los responsables del engendro en su tiempo libre, aunque dudo que sea a ayudar a la Cruz Roja. Entre desvaríos de estar por casa (atención al homenaje/plagio de Marathon Man que se marcan en una escena realmente estúpida), terminamos por acceder (el que haya aguantado…yo lo hice porque soy masoca) a un clímax final destrozacerebros en el que ante nuestros ojos acontece una hilarante venganza zombi amenizada por música dance de gasolinera (¡!). Una cosa es una mala película, otra es Zombie Nation. Por cierto, el cartel mola, pero no tiene nada que ver con la película.

Lo mejor: Nada.

Lo peor: Todo.

Valoración (0 a 10): 0

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martes, 26 de agosto de 2008

Q: The Winged Serpent (Q, la serpiente voladora) (1982)

"Una serie de crímenes brutales se están sucediendo sin descanso en el corazón de una gran ciudad. Un delincuente de tres al cuarto, en su huida tras un robo, se encuentra con un gigantesco nido en lo alto de un rascacielos. La policía confiara en el, muy a su pesar, para dar con el gigantesco monstruo que según parece está creando el terror en las calles”.

Hace unos días hablaba de Maniac Cop, una de las clásicas series B de los ochenta parida bajo la mano siempre reconocible de Larry Cohen, y con William Lusting tras las cámaras. Pues bien, hoy vamos a hablar de otra propuesta ochentera de Cohen, aunque esta vez el susodicho curra como director. Posiblemente, La serpiente voladora sea una de las películas más reconocibles para el cinefago dentro de la serie B de los ochenta. Cohen esta vez volvió a echar mano de colegas. De este modo, míticos del exploit y el género de poco presupuesto como Richard Roundtree o Michael Moriaty intervienen en algunos de los roles principales, mientras que otros como el no menos mítico David Carradine comparten plano con ellos, y con el monstruo del titulo, que no es otra cosa que, atención, un dios azteca legendario con cuerpo de serpiente alada que murió hace millones de años, pero que ha sido resucitado en pleno siglo XX en el corazón de una gran ciudad para alimentarse de los idiotas que en lugar de correr al verla, se dedican a mirar y gritar.

La serpiente voladora es lo que yo llamo “una serie B de video club del montón, pero con encanto”. Esto viene a ser, un producto que bien visto puede ser igual de prescindible que cualquier chorrada de direct to dvd moderna que impregnan las estanterías de los video club, pero a diferencia de estas, posee un espíritu más sano, quizás más ingenuo y menos prefabricado, que la hace ser mucho más visible y por supuesto nostálgica. Y sobretodo hay que agradecer ese encanto a los efectos especiales magníficos de David Allen, artesano del stop motion recordado por sus efectos para Aullidos, o por trabajar para la Full Moon. Por lo demás, un poco de trama policiaca por aquí, un poco de humor negro por allá, un poco de sangre por otro lado, un poco de emulo a King Kong por otro (en lo referente al clímax final, aunque el bicho éste es bastante más malvado que el monito), lo que viene a ser igual a una pequeña película para pasar el rato sin pedir mucho, pero sin tampoco perder el tiempo si te van las monster movies.

Lo mejor: Las escenas de ataque de la serpiente alada por vía Stop Motion, sin duda.

Lo peor: Hay una pérdida de ritmo durante el desarrollo, el cual la serpiente aparece menos y se centran más en algo sobreactuado personaje de Michael Moriaty y sus paranoias.

Valoración (0 a 10): 5,5

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lunes, 7 de julio de 2008

Art of the Devil 2 (2005)

“Un grupo de jóvenes se junta de nuevo tras dos años para hacer un viaje. Antes de su anterior despedida, habían cometido una venganza mediante brujería hacia un profesor pervertido que se encargaba constantemente de joderles la vida. En su viaje se darán cuenta de que aquella venganza y algunas cosas más que no se han confesado, terminaran pasándoles factura.”

Hace cuatro años Art of the Devil se convirtió en éxito comercial del nuevo cine de terror tailandés. Aunque dicho éxito no pasó de sus fronteras (a España llegó directamente en formato domestico) fue el suficiente para dar luz verde a una inmediata secuela, que llegaría tan solo un año después. La cosa es que el primer Art of the Devil, lejos de proporcionar lo que prometía su trailer (gore a borbotones) se trataba de un aburrido thriller de terror tópico que explotaba el ya cansino esquema de los malvados espíritus orientales de largas melenas oscuras, y en el cual el gore brillaba por su ausencia salvo en los (magníficos) carteles promociónales, el ya citado trailer o, lejos del engaño, alguna que otra escena malsana de la propia película. Con todo, la tomadura de pelo no consiguió quitarme las ganas de hacerme con la secuela (que dudo si ha llegado de alguna forma a nuestro país). El trailer de Art of the Devil 2 desvelaba imágenes mucho más cruentas y bien realizadas que su predecesora, y varios comentarios positivos por la red me hicieron calmar el cabreo y depositar alguna expectativa en la propuesta.

Hoy, tras tanto tiempo, he podido ver de una vez la dichosa secuela. Y no se puede negar que mejora sin problemas lo visto en la primera entrega, a parte de tener algo más de gore. El problema es que, una vez más, por mucho que la cosa mejore, me siento engañado. Y es que ni la película es tan brutal como parece (salvo varios momentos donde ojos o uñas son apartados del cuerpo de las victimas, o una tortura bastante sádica durante el clímax final), ni la trama es tan entretenida y ágil como un horror porn/survival adolescente de este tipo necesita. Sin llegar a las cotas de sopor de la primera entrega, la acción de Art of the Devil 2 no comienza de verdad hasta pasado de largo la mitad del metraje. Mientras tanto, presenciamos una innecesariamente confusa trama de brujería y decepciones personales alineada con una sosa historia de amor teen que parece que no llevan a ninguna parte. Cuando la relativa calma desaparece, los treinta minutos que quedan contienen algunas secuencias que al menos justifican perder la hora y media total durante una tarde o noche aburrida. Por cierto, hay una tercera entrega, a modo de precuela, la cual supongo que terminare viendo.

Lo mejor: Cuando el gore aparece en escena resulta bastante efectiva.

Lo peor: El guión se toma demasiado tiempo dando vueltas sobre sub tramas de forma confusa, sin entrar de verdad en lo que interesa hasta pasada casi una hora.

Valoración (0 a 10): 6

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viernes, 27 de junio de 2008

Malefíque (2002)

“En una siniestra prision en la que encuentran alojados cuatro presos de la más diversa índole, aparece un libro con inquietantes escritos. El libro parece ser el legado de otro preso que cumplió condena en esa misma prision, y que mediante sus textos consiguió escapar sin ningun tipo de plan. Pronto, los cuatro presos comprenderán que leer lo que en él está escrito les conducirá a una libertad muy diferente de la que pensaban”.

El director Eric Valette se dio a conocer en los circuitos del terror mainstream con el fracasado (e innecesario) remake de la película japonesa Llamada perdida, que en su día fue dirigida por el inclasificable Takeshi Miike. Pero unos años antes de ser fichado por Hollywood, éste cineasta francés estuvo tras las cámaras de Malefíque, el mojón que hoy nos ocupa, que sin embargo ha sido tomada como objeto de culto por algunos aficionados. La cosa no hay por donde cogerla, pero su premisa y algunos detalles de la trama dejan con la sensación que de este tinglado podría haber salido un estimulante ejercicio de horror claustrofóbico. Obviamente, no ha sido así. De influencias (y aspiraciones) Lovecraftianas, lo que en realidad propone Malfíque es un aburrido pseudo horror porn, sin la suficiente sangre y acción como para ser entretenida, ni la suficiente calidad artística para resultar interesante.

Tras un comienzo prometedor, con una ambientación malsana y gore explicito, asistimos después a una larga hora y media de diálogos tediosos, con un guión absurdo que no impregna ritmo en ningun momento o una dirección vacía con pretensiones autorales. Pese a todo, durante el nudo de la historia podemos encontrar algunos momentos destacables (una de las muertes, espectacularmente retorcida) o el clímax, en el que, dentro de un surrealismo prácticamente onírico, los personajes se encuentran con situaciones harto curiosas. Digamos que el giro final, dentro de lo ridículo que pueda parecer, tiene su gracia.

Lo mejor: Momentos aislados, como alguna que otra muerte de lo más sádica o los curiosos últimos minutos.

Lo peor:
La historia es aburrida, y está contada sin sentido alguno del ritmo.

Valoración (0 a 10):
2

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