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jueves, 10 de febrero de 2011

Rare Exports: A Christmas Tale (2010)


Una compañía norteamericana lleva a cabo unas excavaciones en Finlandia. Su intención, ni más ni menos, que encontrar el cuerpo de Santa Claus. Cuando lo encuentren, el caos comenzará a imponerse en la zona. Un niño, obsesionado con las leyendas siniestras que hablan de un Santa Claus poco bondadoso, avisa de la situación y nadie le cree. Sin embargo, la realidad, aunque difícil de creer, irá asemejandose a dichas leyendas.

Para la mayoría de la gente, Papá Noel, o Santa Claus, es un gordinflón bondadoso que, montado en su trineo volador comandado por renos, reparte regalos a los niños buenos. Luego, tendríamos las variopintas historias que han llevado a este bonachón hasta donde está actualmente. Tenemos aquella, la más popular, en la que vive junto a la señora Claus en el Polo Norte, rodeado de duendes navideños que le ayudan para fabricar los juguetes. En realidad, el personaje debe su existencia a un obispo cristiano de origen griego, llamado Nicolás de Bari. Se dice, que el tal Nicolás tenía buenas relaciones con los niños (no penséis mal…o vete tú a saber), y que, al saber que varios habían sido acuchillados, rezó por ellos, dando como resultado la curación casi inmediata de sus heridas mortales (¿?). Otros cuentan que solía obsequiar a los niños con regalos, y ayudaba a las familias escasas de dinero para que sus hijos pudieran casarse (…). Hay más historias, como aquella de la Coca Cola, pero la más interesante, al menos para el que suscribe, y sobretodo en materia cinematográfica, es la que nos cuenta Rare Exports: A Christmas Tale.

En Finlandia, pues de allí es la película que nos ocupa, hay una mitología oscura en torno al personaje. Conocido como Joulupukki, el aspecto que algunos le otorgan es de lo más temible. Algo así como un monstruo con una cornamenta y mirada asesina, que iba vestido con pieles varias. No sentía el aprecio por los niños que se le adjudica, sino que castigaba duramente a los que se portaban mal. Se paseaba casa por casa, exigiendo regalos, en lugar de dejarlos en la chimenea. Vamos, que era violento y gorrón a partes iguales. Pues bien, a partir de esa particular leyenda, el joven director Jalmari Helander, un tipo que tiene mucho que decir en esto del cine, se las ha apañado para crear una fantasía juvenil de tono sombrío, cercano al terror, que guarda más de un punto en común, tanto formal como mágico, con las entrañables producciones del estilo que se fabricaban como churros en los ochenta. Si, esas como Los Goonies (The Goonies, 1985), Exploradores (Explorers, 1985), Noche de miedo (Fright Night, 1985) o Una pandilla alucinante (The Monster Squad, 1987), por citar sólo unas pocas y de variado pelaje.

Con lo de magia me refiero a esa esencia ya prácticamente perdida en el cine comercial, y en el cine en general. Esa esencia que, aún hoy, es capaz de llevarnos a los talluditos hasta aquellos años en los que lo pasábamos en grande una y otra vez con películas con tenían un toque especial. Un toque, que tal vez fue cosa de décadas pasadas y ahora queda anclado en una irreparable nostalgia. Pero, aunque no sea del todo igual, es algo que por momentos consigue Rare Exports.

La trama está vista desde los ojos de su joven protagonista. Un niño que, como es habitual en este tipo de producciones, acabará convertido en un improvisado action hero, con soluciones para todo y actuaciones rallando en lo suicida. Como también es habitual, las preguntas son lo que menos hay que hacerse; es una de esas aventuras fantásticas que se disfruta en mayor medida según la inocencia y/o desprejuicio que quede en el espectador. Lo que podría venir a decir que, si no te has convertido en un pútrido gafapasta de tres al cuarto, es posible que te lo pases genial con ella, igual que antaño lo pasabas genial con las películas citadas.

Las cosas ocurren rápido (no por nada, su duración apenas supera los ochenta minutos), y no hay tiempo para respuestas; Santa Claus ha vuelto de la tumba, es malo y está dispuesto a sembrar el caos. Nuestros protagonistas adultos, también inesperados héroes, le harán frente. Y no, no se sorprenden mucho de que exista Santa Claus, ni de que éste sea todo lo contrario a la creencia popular. No se sorprenden de que los duendes no sean sonrientes hombrecillos, sino viejos de aspecto tortuoso y un malsano símil con la villana final de Rec (2007). Se entra en acción. Punto. Y si además pueden sacar pasta con secuestros, mejor.

La excepcional banda sonora es uno de los principales elementos que nos llevan a aquellos añorados ochenta. Cualquiera diría que la ha compuesto un John Williams de aquella etapa. La factura es sobresaliente, pues se trata de unas de las producciones punteras del mercado finlandés del pasado año. Un gran éxito que, como viene siendo habitual, dudo que podamos ver en las salas de nuestro querido país, pues ya han pasado las navidades y no hay señal de distribución. Tampoco en formato domestico. Eso sí, quejarse de las descargas se les da de lujo.

Pese a que, en general, es una de esas película que, sin ser obras maestras y puede que tampoco notables, es difícil, por su simpatía, honestidad e incluso originalidad, sacarlas fallos, lo cierto es que el ritmo cojea un poco en la primera mitad. Para ser un montaje de a penas ochenta minutos, Rare Exports no dosifica la suficiente carga de alicientes para mantener netamente el interés tras su excelente prologo. Se sigue la trama, en todo caso, siendo ya conocer del asunto, esperando que lo mejor esté por llegar en cualquier momento. Y llega, claro que llega. La segunda mitad es un non-stop de suspense (el encuentro con el presunto Santa Claus), acción y aventura (toda la parte del helicóptero), que no se olvida de dejarnos varios planos visualmente poderosos y, en los últimos tres minutos, una trabajada broma a juego con lo es, ni más ni menos, este Rare Exports; cine de consumo construido sobre la base del talento y las ganas. Sobretodo, ganas de hacer algo nuevo y diferente, sin olvidar el aroma de los clásicos.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Tron: Legacy (2010)


Sam Flynn, un joven experto en tecnología e hijo de Kevin Flynn, investiga la desaparición de su padre y termina metido en el mismo mundo cibernético en el que él ha estado viviendo los últimos veinticinco años. Junto a una leal confidente de su padre, Quorra, padre e hijo se embarcarán en una aventura a vida o muerte dentro del ciber espacio.

Si hoy hiciésemos una encuesta a píe de calle, preguntando por la película Tron (1982), seguro que muchos arquearían la ceja. Ya sean jóvenes que desconocen el cine anterior al siglo XXI, o adultos que la vieron de críos y no son capaces de recordar la experiencia, se trata actualmente de una película de culto para unos pocos. En todo caso, a algunos le sonará por aquel tristemente celebre video del YouTube en el que un personaje, posiblemente virgen, salía disfrazado de plástico y fluorescente. A lo que íbamos; a pesar de que en su momento fue considerada un fiasco comercial en toda regla, algunas de las mentes pensantes de Disney decidieron que era el momento adecuado para una secuela. Así, casi treinta años después, le confiaron doscientos millones de dólares en presupuesto a un joven llamado Joshep Kosinski, que antes había hecho…bueno, no había hecho nada. Parece una locura, ¿verdad?

Una vez vista, efectivamente, la cordura no ha sido su principal aliado; Tron: Legacy supone un suicidio programado tal como lo fue la original en su década. Hombre, no tanto, pero tiene ingredientes similares. La diferencia es que, si bien aquella tuvo el lastre de estar adelantada a su tiempo en conceptos visuales e incluso complejidad narrativa (aunque también pudiera ser confusión narrativa), la segunda entrega es, superficialmente hablando, más accesible a las masas. Los tiempos han cambiado, y lo que en su día, que ahora no es nada del otro mundo, era motivo de asombro, ahora sólo es un avance tecnológico más o una mejora de los ya conocidos. Nada sorprende como hace varias décadas. Los efectos especiales de Tron: Legacy, así como su aspecto visual en general o la concepción del proyecto en particular, es la de un blockbuster un tanto ambiguo, pero blockbuster al fin y al cabo.

Con todo esto lo que quiero decir es que, si aún me planteo a que público quisieron vender el primer Tron, las mismas preguntas me surgieron según veía Legacy. Uno se pregunta si es una película juvenil, familiar o adulta, o si está hecha para frikis nostálgicos o precisamente para todos aquellos que huirían de la opinión de un nostálgico, sea o no friki. Parece que quieren trasladar el universo Tron a las masas actuales, y casi sin pretenderlo se hace presente el espíritu de la anterior. Intentan hacerla más plana y sencillita para ser masticada sin problemas, cuando resulta tanto o más confusa en su narración. Hubo momentos en los que no me quedaba claro que pintaba tal o cual personaje, o porque soltaban determinadas frases híper-trascendentales, del tipo “La perfección no existe, pero siempre la tienes delante de ti” (¡!).

El apartado visual y la banda sonora son los principales aciertos. Lo primero porque, pese a no impresionar como podría esperarse o no suponer, tal como comenté, un avance proporcional tan sorprendente como los que surgían años atrás, consigue momentos de una belleza hipnótica y de un espectáculo muy eficiente. Los primeros veinte minutos después de la entrada del protagonista en el mundo cibernético son sencillamente magníficos; lastima que se conviertan en un arma de doble filo, pues hasta llegados al clímax final, hay pocas situaciones igual de convincentes. La banda sonora, compuesta por el grupo de música electrónica Daft Punk, raya en la maestría. Cada porción de la misma está cuidada al milímetro, pese a que en algunos momentos recuerde demasiado a la también sensacional partitura de Origen (Inception, 2010). No obstante, podría decirse que en el compacto se tratará del mejor, o uno de los mejores, trabajos del grupo.

También destacable es la labor en el reparto de Jeff Bridges, quien ya fuera protagonista de la película original. Su personaje ahora es una especie de Obi Wan Kenobi con ínfulas zen; pero la interpretación del actor es lo suficientemente entregada y creíble para meternos en situación cuando la trama no da para más. Y aquí es donde empiezan los grandes peros; el resto de intérpretes, con excepción de un divertido Michael Sheen en un personaje secundario, no despiertan más que indiferencia, al igual que el guión, escrito por Edward Kitsis y Adam Horowitz. Incluso la versión digitalizada de Bridges, que guarda el aspecto que tenía la estrella cuando hizo la primera entrega, transmite más que el chaval protagonista (Garrett Hedlund) o su improvisada compañera de aventuras (Olivia Wilde).

La irregularidad se apodera de Tron: Legacy. Es capaz de abrirte los ojos como platos y acto seguido producirte somnolencia. El libreto desarrolla la trama en forma de altibajos, como si de una montaña rusa averiada se tratase; nos lleva hasta arriba, y cuando estamos impacientes por lo mejor del tramo, se estropea y da paso a la intrascendencia más absoluta. Aquí entran largas conversaciones completamente vacías y reiterativas o una terrible sensación anticlimática. Son elementos que ocasionalmente salvan las citadas escenas de acción, algún plano del mundo cibernético o cierto sentimiento nostálgico. Pero, aún con eso, y aún con unas tres dimensiones que cumplen pero quedan bastante por debajo de lo visto, por ejemplo, en Avatar (2009), Tron: Legacy deja un amargo sabor a decepción.

martes, 31 de agosto de 2010

Mini reseñas: Solomon Kane (2009), The Collector (2009), Miedos 3d (The Hole, 2009)


El género de espada y brujería no está siendo muy utilizado en los últimos años. Tal vez por ello, cuando una producción de cierta enjundia se aproxima a las pantallas, muchos aficionados se crean unas expectativas altas. Por las ganas de ver algo nuevo, supongo. Si la propuesta es, además, una adaptación de Solomon Kane, clásico de Robert E. Howard, creador nada menos que de Conan, pues ya está todo dicho. Dentro de esas expectativas es donde no funciona la película que nos ocupa. Y no lo hace porque no está concebida con el espero necesario, sino con el justo, correcto, para cumplir en lo mínimo y volver a casa. De este modo, Solomon Kane, la película, tiene una atmosfera cuidada, un buen protagonista (James Purefoy no lo hace nada mal como Solomon), pero ya está. El guión titubea de un lado a otro creando un conjunto irregular, pese a que en parte consigue captar la esencia de la obra de Howard, pero solo en parte. De ahí que haya momentos interesantes y visualmente muy conseguidos, y justo después otros más planos y aburridos. También habría que destacar, en lo malo, que a un villano tan llamativo como el enmascarado se le preste poca atención y su final se resuelva de forma tan precipitada. Supongo que el director, Michael J. Bassett, firmante de otra “medio entretenida”, Deathwatch (2002) no es John Millius, aunque dentro de lo que cabe tampoco lo haga mal, pues quedan escenas potentes como el citado prologo, el descubrimiento de los “zombis” en la cabaña o la crucifixión de Solomon. Pero no es suficiente para llegar a ser buena, y menos, tan buena como querrian los fans de Howard. Valoración (0 a 5): 2,5
 

The Collector es una de esas películas que veía colgadas en la red y nunca preste demasiada atención. Su estreno poco publicitado en Estados Unidos tuvo lugar el año pasado, y en España no se ha sabido nada de ella, como empieza a ser tristemente habitual con cierto tipo de cine de terror. Pero, como decía, gracias a la red podemos echarla un vistazo. Y una vez más, la red es nuestra amiga. Gracias a ella he podido sorprenderme con uno de los mejores body count de lo que llevamos de siglo XXI. Vale que el nivel no esté por las nubes, pero aquí hay calidad. Mirando los créditos, me encuentro con que el director, Marcus Dunstan, ha sido guionista de las ultimas cuatro entregas de la saga Saw (incluido en ellas que la que está a punto de estrenarse, es decir, la séptima), lo cual se deja entrever en el contenido de la que es su opera prima (juega de nuevo con personajes dentro de un entorno de trampas macabras y psicópata rondándoles) . Lo gracioso es que, de lejos, The Collector es mejor que cualquier entrega de tan popular y taquillera saga. Principalmente, porque sin prescindir del mismo gore que aquellas, se las han arreglado para crear un suspense de lo más efectivo durante sus noventa minutos. Siempre pasa algo que te hace estar pendiente, las trampas en lugar de estar dosificadas como único interés de la trama, son parte de ella, y las interpretaciones (sorprendente Josh Stewart en rol principal) cumplen por encima de la media en este tipo de productos. Así, The Collector se convierte en una de las mejores muestras del denominado toture porn moderno. Valoración (0 a 5): 3,5
 

Los buenos tiempos parecen haber pasado para los viejos del fantástico y el terror. George A. Romero, Wes Craven o Tobe Hooper (la única excepción, aunque no del todo, sería John Carpenter) no pasan por sus mejores momentos. Lo mismo se podría decir de Joe Dante tras ver este Miedos 3d. Pese a que el director de Aullidos (The Howling, 1981) o Gremlins (1984) fue de los que más salvo la papeleta en el irregular invento televisivo Maestros del terror (Masters of horror, 2005-¿?) , su regreso a la pantalla grande deja un sabor agridulce. Por un lado, recupera parte de la esencia de ese cine de terror infantil y juvenil que tanto nos gustaba de los ochenta. Aunque por momentos se pierde y recuerda más a los telefilmes de la Disney Channel. Tampoco hay que olvidar que Miedos 3d es un producto, desde su concepción, menor. Un encargo, vaya. Con todo, sus personajes adolescentes no caen mal y la trama, aunque no entusiasme en ningún momento, tampoco hace daño. Al fin y al cabo, es lo de siempre: unos chavales descubren una puerta a otro mundo (o algo) en el sótano de su casa, y ésta desencadena sus miedos personales, que terminan por ser un muñeco con mala leche (tal vez lo más destacable de la función, aunque se le podría haber dado más juego), una niña fantasma que quiere decir sus ultimas palabras y otra cosa que, como se supone que es “sorpresa final“, pues no lo cuento. Eso sí, hay que agradecer que, con pocos medios, hayan conseguido un uso efectivo del 3d, que sirve para meter en la historia (atención a los últimos quince minutos, o las escenas que nos sitúan en la perspectiva del “agujero” del sótano) más que para introducir aburridos efectismos. Valoración (0 a 5): 2,5

miércoles, 11 de agosto de 2010

Airbender, el último guerrero (The Last Airbender, 2010)


Que Shyamalan estaba perdiendo el rumbo era algo que se veía venir desde La joven del agua (Lady in the Water, 2006). Aquella y, sobretodo, El incidente (The Happening, 2008), evidenciaban el desgaste del que, hasta ese momento, era uno de los autores más personales e interesantes del cine comercial moderno. La taquilla de ambas tampoco ayudó, por lo que el director de origen hindú decidió dar un vuelco a su carrera y pasarse al cine de aventuras familiar. Para ello, se asoció con la cadena televisiva Nickelodeon, dispuesto a adaptar a la gran pantalla una de sus series animadas de culto y gran éxito: Avatar, la leyenda de Aaang (Avatar: The Last Airbender, 2005-2008). Su búsqueda de nuevo público no parece haber sido del agrado de la crítica (un 92% de valoraciones negativas según Rottentomatoes) ni de los espectadores (4,3 de media en IMDB o 4,7 en Filmaffinity). Pese a los malos augurios, tenía esperanza en que los prejuicios de muchos sobre el director hubiesen hecho acto de presencia más de la cuenta, y que Airbender, el último guerrero fuese, al menos, una película entretenida y correctamente realizada. Pero no ha podido ser.

Involucionando


Cuando Shyamalan estrenó la magnifica El sexto sentido (The Six Thense, 1999) todo parecía indicar que se trataba de un nuevo “Rey Midas” del cine comercial. Algo así como un Spielberg en proyecto. En aquella historia de fantasmas se notaba un gusto por el detalle exquisito, dominio de los planos, del tempo narrativo, dirección de actores cuidada al milímetro. Sin necesidad de escapar de lo mainstream, su visión del cine, y del género de terror en particular, encajaba con la de un autor perfeccionista e intimo. Despues de aquella realizó su obra maestra, El protegido (Unbrekeable, 2000) y sorprendió de nuevo ofreciendo una historia sobre superhéroes en el mundo real muy arriesgada. El éxito se mantuvo de su lado, al igual que con sus dos siguientes propuestas, las notables Señales (Signs, 2002) y El bosque (The Village, 2004). No obstante, aunque las cifras en taquilla fuesen elevadas, no eran en ningún caso películas accesibles a la mayoría de espectadores. Su particular universo y forma de comprender los temas a tratar se dio de bruces con ciertos sectores de crítica y público. Las anteriormente citadas (y mucho más flojas) La joven del agua y El incidente fueron la excusa perfecta para hacer crecer la indiferencia / odio por Shyamalan en los que ya no estaban muy convencidos, y a su vez perder algunos adeptos. Tal vez por todo esto aceptó su primer encargo (pese a que vuelve a escribir el guión) con la adaptación de Avatar, la leyenda de Aaang.

Algo huele mal en las naciones

No puedo hacer comparaciones con la serie, pues, aunque la tengo en la lista de visionados pendientes, aún no he podido comprobar sus excelencias. Por lo tanto, tampoco sé si este Airbender es una adaptación fiel a su original, cosa que dudo en gran medida. Para los que anden tan perdidos como yo, aquí va un poco de la trama. La cosa, básicamente, es que el mundo está dividido en cuatro naciones: Aire, Agua, Tierra y Fuego. Un niño llamado Aang viene a ser el Avatar, que es una especie de guerrero entrenado para dominar todos los elementos. Por otro lado, el joven príncipe de la nación del fuego desea por todos los medios “cazar” al Avatar. Pero el chaval no es malo del todo, sino que su padre, el mandamás de la nación, tiene planes de conquista sobre las otras naciones y, por tanto, es mejor quitar del medio al tal Aang, que se ha aliado con el enemigo. Y entre tanto batiburrillo de idas y venidas, surge alguna escena de acción descafeinada, algún romance adolescente y una batallita que, en el trailer, parecía que iba a dar mucho más de sí. Cierto es que es un producto diseñado, sobretodo, para los más pequeños. Pero no por ello hay que dejar de exigir un mínimo de ganas en sus responsables.


Lo primero que percibimos en Airbender es que su director parece haber desaparecido. Pese a que la fotografía es sensacional, al igual que la banda sonora del habitual James Newton Howard, los planos ya no tienen el mismo interés, la misma vida. A la media hora todo huele a prefabricado, a estar dirigido sin ganas y lo más rápido posible para estrenar en salas. La dirección de actores infantiles, algo que hasta ahora se le había dado de maravilla (sacar a un niño una buena interpretación, y además hacer que no resulte repelente, es motivo de aplauso) aquí se ha descuidado por completo. Todos y cada uno de los interpretes pequeños o adolescentes están horriblemente sobreactuados (mención especial al, se suponía, prometedor Dev Patel). El guión, punto de fuerte en sus primeras películas, brilla por su ausencia. No hay sentido de la narración ni del ritmo, por lo que gran parte del metraje se siente aburrido y, al menos en lo que a mí respecta, no fui capaz de entrar en la trama en sus noventa minutos. Como único aliciente, además de la fotografía o la banda sonora, tenemos unos efectos especiales que cumplen sin estridencias, aunque Shyamalan es más un director de sugerencias y suspense, que de espectáculo y acción. Y se nota. Esperemos que con su nueva película como director, que parece le devolverá a lo que mejor saber hacer, así como su historia para la prometedora Devil, aquel cineasta de los comienzos vuelva a recibir los halagos que se merece. Hasta entonces, nos quedamos con la decepción.

Valoración (0 a 5): 1,5

lunes, 26 de julio de 2010

Toy Story 3 (2010)


Aún recuerdo cuando, siendo un crío, fui al cine a ver Toy Story (1997). Mi experiencia con aquella magnifica película fue, supongo, la misma que otros niños tuvieron con clásicos animados como Blancanieves y los siete enanitos o Alicia en el país de las maravillas, en sus respectivas décadas. Fue una experiencia no solo por su calidad, sino porque se trataba de la película que dio el salto al cine de animación totalmente generado por ordenador. Aunque ahora se haya convertido en lo más utilizado, esa tecnología, hace trece años, sorprendía. También es cierto que fue la causante de la debacle en la animación tradicional, pero si atendemos a lo que nos han ofrecido desde entonces los genios de Pixar, no podemos quejarnos. Si podríamos, sin embargo, de la mayoría de propuestas que salieron después por parte de la competencia. Y es que Dreamworks o Fox han estirado el invento, cambiando las tramas maduras e inteligentes de Pixar por mediocres juguetes llenos de gags de un humor supuestamente grueso y canciones pop de moda.


La llegada de Toy Story 3, por tanto, es algo que esperábamos muchos aficionados que crecimos con la primera y con la también genial (aunque algo menos) Toy Story 2 (1999). Ha pasado más de una década, y la gente de Pixar se ha ido creciendo en cada proyecto. El listón estaba muy alto para el cierre de la trilogía, que llevaba gestándose, con no pocos problemas, desde hace unos cuantos años. Pero no temáis, porque, cubriéndose de gloria una vez más, lo han vuelto a hacer. Desde los primeros minutos queda claro que algo ha cambiado: el presupuesto. Los 200 millones de dólares con los que ha contado la producción se dejan ver en una animación más detallada, más espectacular. De ahí que el arranque sea una declaración de intenciones por todo lo alto. Se trata de una trepidante (y cómica) set piece de acción, que sirve a la vez como presentación y / o recordatorio al espectador de todos los personajes importantes que ya conocimos en las anteriores.


La historia esta vez, sin prescindir del humor, tiene un halo de “tragedia nostálgica”. Al hacerse mayor el niño que jugaba con ellos, Andy, llega el momento de despedirse de los viejos juguetes. Ya no le hacen falta. Nosotros, como espectadores que hemos visto siempre las películas a través de los ojos de los muñecos, sentimos ese cambio desde un punto de vista más dramático que el propio Andy. Sentimos la despedida de esos personajes con los que crecimos cuando aún teníamos esa ingenuidad de la infancia. Lo que provoca ese drama nostálgico, más allá de la despedida de los personajes, que también, es la despedida que nosotros hicimos de una etapa de nuestras vidas. Cualquiera puede sentirse identificado, unos más otros menos. Y esa sensación es algo que Pixar traspasa a la pantalla como pocos. Rodeándolo de simpáticos momentos cómicos, divertidos homenajes cinéfilos, una banda sonora excelente o un montaje exquisito. Sin olvidarnos de la presentación de una gran cantidad de nuevos personajes (algunos geniales como el oso o el mono vigilante y otros no tanto, como Barbie y Ken, alejados un poco del espíritu general).



Entrar en comparaciones con Toy Story o Toy Story 2 es querer rascar más de la cuenta. Cada una ha sido vista en etapas diferentes, aunque arriesgándome puedo decir que se encuentra a un nivel muy similar al de la primera. Aquí hay, sin embargo, un mayor contraste entre lo maduro y lo infantil. Hay momentos que se respira un cine infantil muy propio de Disney (las apariciones de Barbie y Ken) y otros en los que la trama se torna más oscura de lo esperado (el flash back que nos cuenta el pasado del oso, o el desenlace de una vibrante set piece que tiene lugar en la huida de la guardería). En ese sentido, la veo menos homogénea que las anteriores. La perfecta animación se complementa además con un buen uso de las tres dimensiones (ésta es de las que vale los tres euros más de la entrada), tanto que no me imagino ver según que detalles de la acción y los escenarios concebidos sin el recurso de las gafas. Tecnologías a parte, lo que nos queda después de unos maravillosos noventa minutos, es una sonrisa en la boca tras habernos despedido (muchos seguro con lagrimas en los ojos, así que, si sois propensos a ello llevaros clínex) una vez más de nuestra infancia, de esos tiempos en los que creíamos que los muñecos vivían en las aventuras que creabamos en nuestra mente. Aquellos tiempos, a fin de cuentas, en los que la felicidad era más simple de conseguir.

Valoración (0 a 5): 4

martes, 20 de julio de 2010

Anacondas, la cacería por la orquídea sangrienta (Anacondas: The Hunt for the Blood Orchid, 2002)


Anoche, a intempestivas horas de la madrugada, no me apetecía comerme mucho el tarro. Son esos momentos en los que te apetece una película que no pase de los ochenta o noventa minutos y que sea cutre. Además, me apetecía algo sobre animales asesinos de gran tamaño. Mirando por la red me encontré con la cosa que nos ocupa, que, se supone, es una secuela de la regulera Anaconda (1997). Aquella serie b con serpientes gigantes recuerdo que fue un éxito sorpresa durante en la temporada veraniega. Recuerdo que fui a verla al cine y la disfrute como el enano que era. Vista más adelante, pues eso, una típica monster movie comercial no muy allá, medianamente entretenida y con efectos especiales saturados de pixels. Eso sí, tenía un reparto lleno de caras conocidas, y otras más o menos conocidas que ahora lo son del todo. Entre ellos, Jennifer López, Jon Voight, Eric Stolz, Owen Wilson, Jonathan Hyde o Danny Trejo. No había visto hasta ahora la secuela porque olía a mierda. Es decir: menos presupuesto, ninguna cara conocida, equipo completamente distinto. No es que esto sea un termómetro para valorar la calidad de una película, pero en secuelas de este tipo suele funcionar y nos libra de determinados engendros. Efectivamente, Anacondas (no pienso recitar su kilométrico titulo) es lo que parecía. Se trata de un directo a video estrenado en cines gracias al éxito de la anterior, para aprovechar un poco de su tirón para cazar incautos que depositen su dinero en las salas.


Y ojo, que Anacondas no empieza mal del todo. No parece tener mala factura, tiene un arranque típico pero efectivo, y va directa al grano resumiendo la trama de investigación y la presentación de personajes (cosas que aquí no nos importan un carajo) para meternos en la selva y sus peligros. Lo que ocurre es que, justo entonces, la empiezan a cagar. Primero, porque las anacondas del titulo aparecen en momentos puntuales, y a una velocidad fulminante. Cosas del presupuesto, supongo. Luego, porque los personajes resultan repelentes. Están todos los tópicos, lo que no tendría que ser negativo para alguien, el que escribe, que se ha tragado tantas como está cargadas de personajes similares. Pero es que caen mal, coño. Se podrían pasar varios, pero el que interpreta el típico cómico afroamericano es de traca. Vale, uno podría pensar “seguro que se lo cepillan las serpientes en breve y dejamos de aguantarle”, pero no. Es de esos personajes a los que le crece una flor en el culo, y además, cuando por fin está en peligro y parece que va a palmarla, aparece algún mentecato a salvarle. ¡Dios! Y sigue, no se calla. Entre tanto, nos queda un clímax final más o menos correcto, que involucra a los supervivientes de la aventura con una orgia de serpientes gigantes (si, es época de apareamiento). Luego llegan los créditos y, lo que esperaba, terminé la noche con una película salchichera.

Valoración (0 a 5): 1,5



Leer critica Anacondas: la cacería por la orquidea sangrienta en Muchocine.net

miércoles, 26 de mayo de 2010

El príncipe de Persia, las arenas del tiempo (Prince of Persia: Sands in Time, 2010)


El príncipe de Persia, más conocido según su titulo original, Prince of Persia, es una saga de videojuegos iniciada en 1987, y que sigue ofreciendo juegos en la actualidad. A medio camino entre el género de plataformas y la aventura de acción, elementos en mayor o menor grado según cada titulo, el éxito cosechado a lo largo de los años ha sido más que notable. No obstante, las últimas entregas creadas para la nueva generación de consolas no han tenido el éxito esperado ni tampoco han sido recibidas con entusiasmo por la crítica ni los fans. Esto pudiera dar a pesar que no era el mejor momento, al menos en cuanto a popularidad de la saga, para lanzar la adaptación al celuloide. Sea como sea, El príncipe de Persia, las arenas del tiempo, ha llegado a las salas. Claro que, una vez vista, queda entendido que el interés de sus responsables no se encuentra tanto en adaptar el material original, sino en ofrecer una película de aventuras y efectos especiales siguiendo el “estilo” de las franquicias iniciadas por La momia (The Mummy, 1999-2008) o Piratas del Caribe (Pirates of the Caribbean, 2003 - ¿?). Con esto me refiero a que no se sigue un patrón para adaptar nada en concreto, aunque es cierto que la esencia de los videojuegos, en su traspaso al cine, se acerca en algo al camino elegido.


Producida, sin escatimar en gastos (aunque los 150 millones de dólares que dicen haber costado no se ven demasiado en pantalla) por Jerry Brukheimer, la dirección fue cedida erróneamente a Mike Newell. Y digo por error, porque ya demostró en la soporífera Harry Potter y el cáliz de fuego (Harry Potter and the Globet of Fire, 2005), su única aproximación previa al cine blockbuster, que no era capaz de llevar a cabo un producto de éstas características, y menos gastar de forma coherente el gran presupuesto asignado. En El príncipe de Persia ocurre algo similar en lo del presupuesto, aunque, menos mal, su pulso resulta más ameno (aunque demasiado artificioso y a veces brusco) gracias sobretodo a un guión que, sin ser nada del otro jueves y recurrir una y otra vez a frases mongólicas, construye una fresca historia de aventuras cuyo visionado no molesta, aunque sea olvidado antes de llegar a casa. La elección de los protagonistas no va desencaminada. Tanto Jake Gyllenhaal como Gemma Arterton dan el pego en sus personajes (el príncipe del titulo, de nombre Dastan, y la princesa Tamina), aunque tampoco se esfuercen en interpretar más allá de pasarlo bien hasta cobrar el cheque. Lo mismo se podría decir de Ben Kingsley en el rol de villano.


Lo bueno de El príncipe de Persia es que, si entramos en comparaciones con otras adaptaciones de videojuegos, tiene las de ganar. En general, la calidad de estas propuestas siempre ha dejado mucho que desear. Tal vez el primer Resident Evil (2002), aunque no como adaptación, o Silent Hill (2006), hayan ofrecido algo más digno de lo normal. Se podría decir que El príncipe de Persia, sin pasar de ser correcta si no vamos con exigencias, entra en esa línea minoritaria de películas basadas en videojuegos que no resultan insultantes. Luego entrarán los puristas del juego y demás a comentar desde su punto de vista fan (efectivamente, no soy un aficionado a la saga), pero como cine de aventuras “para pasar el rato”, de ese que nos tragamos sin problemas en las sobremesas del fin de semana, no se puede pedir mucho más, ni tampoco más violencia en los enfrentamientos (el nombre del tito Walt Disney aparece en los créditos) ni un mayor desglose de los derroteros interiores de sus protagonistas. Es lo que es, y lo que es tampoco está mal, aunque no me acuerde a penas de una escena. Habrá que esperar a las adaptaciones de Bioshock o Gears of War para ver si definitivamente hacen justicia a los grandes juegos del ocio electrónico.

Valoración (0 a 5): 2,5



Leer critica Prince of persia: las arenas del tiempo en Muchocine.net

lunes, 10 de mayo de 2010

Alicia en el país de las maravillas (Alice in Wonderland, 2010)


Alicia en el país de las maravillas – de titulo original Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas- es un clásico imperecedero de la literatura universal. Su creador, el sacerdote anglicano y escritor británico Lewis Carroll. El particular e imaginativo universo que creó en su obra ha sido, desde su primera publicación en 1865, una montaña de ideas e influencias para literatura y el cine fantástico, e incluso para la música y la pintura. Su complejo entramado ha conseguido que fuese no solo pieza de lectura para niños, sino también objeto de estudio del mundo adulto en ámbitos profesionales (matemáticos, psicólogos, filósofos). La historia tuvo continuación en 1871 con la menos reconocida A través del espejo y lo que Alicia encontró allí. El cine, desde sus primeros años de vida, puso en imágenes la obra de Carroll, contándose hasta la actualidad más de una decena de adaptaciones. La más popular, y posiblemente la mejor, siempre ha sido la que llevó a cabo Walt Disney en formato animado allá por 1951. De hecho, generalmente la obra es conocida a raíz de tal película, que sin embargo adaptaba también parte de la secuela literaria. Que ahora, en el 2010, se estrene una nueva versión con Tim Burton detrás de las cámaras era algo que, si no durante este año, alguno tendría que ocurrir. Y es que el universo de Alicia está totalmente casado con el imaginario y las inquietudes, incluso personales, del extraordinario cineasta.


Anticipando que los universos de Carroll y Burton se dan fácilmente la mano, así como que el talento de su director está fuera de toda duda, la espera ante la nueva Alicia no hacía más que crecer en expectativas. Precisamente, tales expectativas son las que pueden jugar una mala pasada durante el visionado. Me explico. Alicia en el país de las maravillas, versión Tim Burton, no es una mala película. Sin embargo, me ha resultado más funcional que magnifica, más eficaz que transcendente. Si la hubiese dirigido un Joe Johnston o un Cheris Weitz cualquiera, no sorprendería. Pero hablamos de la esperada puesta en imagen de un gran creador, autor, trabajando sobre un universo que le daba muchas y ricas posibilidades. Con esto en cuenta, hay que restarle algún que otro punto al resultado final. No obstante, avisar desde el principio que Burton no ha hecho un remake de la película de Walt Disney, ni una revisión de la obra literaria. En realidad, lo que ha pretendido es llevar los personajes de aquellas a su terreno, y a partir de ahí confeccionar una nueva historia (sin olvidar ciertas situaciones) que más bien parece una continuación cinematográfica. Alicia no es una niña, sino que ya ha pasado la mayoría de edad y está a punto de ser casada, sin ella quererlo, con un horrendo tipo con el titulo de Lord (no olvidemos que la acción se sitúa en el siglo XIX). Su salida a tan incomoda situación es perseguir a un conejo blanco, que la llevara hasta la entrada del nuevo mundo de las maravillas. Lo que ocurre es que, una vez dentro, sus habitantes ya parecen conocerla, pues es la Alicia que les visitó de niña, aunque ella al principio no lo tiene tan claro.


Pese a que se mantengan los personajes (Sombrerero, Gato de Cheshire, Reina de corazones, Conejo blanco, etc.), estamos ante otra cosa. La odisea pesadillesca que, en realidad, nos contaba la obra original, aquí sucumbe ante una aventura preciosista y digital en abundancia. El rodaje en las nuevas tres dimensiones es un acierto de cara a sumergir al espectador en las situaciones, pero éstas, pese a resultar casi siempre entretenidas y simpáticas, no destacan más allá de lo esquemático. Introducción, desarrollo y, sobretodo, desenlace, suceden de forma rápida y sin entrar en muchos detalles. Parece que importa más deslumbrar con algunos efectos y crear nostalgia con variados guiños que entusiasmar a un espectador algo más exigente. Un espectador que seguramente busca en un nuevo Burton algo más que un bonito y distraído juguete de 250 millones de dólares (¡!). El elenco de intérpretes es espectacular, y se nota que no han ido al rodaje con intención de ganar premios, sino de pasárselo bien junto a un colega. El caso más obvio es el de su inseparable Jhonny Depp, en otra de sus creaciones festivas y muy “liberales” en la línea del Jack Sparrow de la saga Piratas del Caribe (Pirates of the Caribbean, 2003 - ¿?) para reinventar al Sombrerero. Otros que se pasean por allí (algunos sólo con la voz) son Helena Bonhan Carter, Anne Hathaway, Christoper Lee, Crispin Glover o Alan Rickman. Todos bastante correctos salvo la que debería haber sido más creíble, la propia Alicia. Y es que la joven y primeriza Mia Wasikowka, aunque físicamente da el pego, como actriz no consigue transmitir a penas una emoción.


En todo caso, el mensaje sigue presente. Aquel viaje de Alicia la sirve para comprender que uno tiene que ser él mismo, y que pese a los problemas en nuestra vida diaria, la solución no se encuentra en viajar a mundos imaginarios, sino resolverlos en el nuestro. Un mensaje al que se llega después de contemplar buenos efectos especiales, un desfile de interpretes con talento pasándoselo bien, una dirección artística notable, correcta banda sonora (de Danny Elfman, como de costumbre), un guión flojo y, al fin y al cabo,  un director que sabe que ya no tiene que demostrar mucho y que en los últimos años parece haberse hecho mayor. Su sentido transgresor, su pasión por la fantasía gótica, oscura, plagada de humor negro (pese a todo, siempre accesible al gran publico), salvo alguna excepción (¿un barbero diabolico?), va transformándose en colorido, poca sutileza y, puede, una mayor desgana.  Aún así, sigue siendo una buena elección sentarse en un cine y ver cada daño lo que hace. Porque, aunque es cierto que su ultima película realmente destacable fue Sleepy Hollow (1999), tengo que admitir que derramé algunas (bastantes) lagrimas con el final de Big Fish (2003) o que ésta Alicia, aunque no sea ni de lejos un Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, 1990), tampoco es El planeta de los simios (Planet of the Apes, 2001).

Valoración (0 a 5): 3



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miércoles, 14 de abril de 2010

Furia de titanes (Clash of the Titans, 2010)



Recuerdo Furia de titanes (Clash of the Titans, 1981) como una película entretenida. La recuerdo dentro de un viaje nostálgico cuyo vehiculo es mi mente. Pero si de algo realmente me acuerdo, es de los efectos especiales en stop motion del gran Ray Harryhausen. Más aún, pues se trató de su última aportación al cine. Recuerdo los escorpiones de gran tamaño, a Medusa, al Kraken,  Pegaso, Cancerbero o al barquero de los muertos. Todas esas imágenes, que siguen sin perder su encanto y, sobretodo, su magia hoy en día, son las que hacen de Furia de titanes una obra de culto más allá de que, admitámoslo, se quede lejos de una obra maestra como Jason y los argonautas (Jason and the Argonauts, 1963) o aventuras varias de Simbad o Hércules. El verdadero punto fuerte de aquel Furia de titanes es la lucha contra la gorgona Medusa, que convertía en piedra a quien la mirase a los ojos. No solo podemos considerar dichos minutos lo mejor de la película, sino lo de lo mejor del cine de aventuras mitológicas (o no) en general. A parte, una vez más, brillante criatura creada por el citado Harryhausen. Y comento esto porque, precisamente, con la visión de la nueva Medusa creada para el remake que nos ocupa, generada por ordenador, sin pizca de alma y con una cara más bonita, nos hacemos una idea de lo que acontece en el conjunto. Eso es la nuevo Furia de titanes: generada por ordenador, sin alma y con un lavado de cara para hacerlo todo más espectacular y, en cierto modo, más bonito.


Pero, qué queréis que os diga. Los efectos especiales, salvo el clímax final en el cual vemos a un gigantesco Kraken, no son para tirar cohetes. La espectacularidad se basa en aumentar el tamaño de las criaturas (además del citado Kraken, prestar atención a los escorpiones, pues del tamaño de un león en la original pasan a ser una especie de Gozdilla con varias patas) y en hacer que los protagonistas y secundarios peguen más gritos, maldigan más a los dioses y suelten frases heroicas y concisas. Otros cambios más o menos destacables: el caballo alado Pegaso ya no es blanco, sino negro, y, o no estuve atento y no vi al perro diabólico Carcebero o es que realmente se olvidaron de él hasta para un cameo. Eso si, el barquero aparece, a modo Skeletor, y tenemos un pequeño guiño al búho metálico. Por lo demás, el nuevo Perseo, interpretado por el ascendente Sam Worthington –destinado, si todo va a bien, a ser la principal estrella taquillera de comienzos del siglo XXI) tiene menos carisma que las patatas fritas sin sal. Solo tiene dos gestos, y se repiten durante hora y media. No pienso que sea culpa del actor, ya que en Terminator Salvation (2009) y un poco en Avatar (2009) demostró tener algo de talento, pero creo que su director, el francés Louis Leterrier, no es el más indicado para sacar buenas interpretaciones de actores aún con mucho que demostrar. Eso y que, además, todo en Furia de titanes parece hecho de carrerilla, en una lucha contrarreloj por no pasarse de un "modesto" presupuesto (más tarde aumentado con el erróneo traspaso a tres dimensiones) y preocupándose más por el ruido que por las nueces.


No obstante, después de todo lo dicho, de todos los errores evidentes del remake, de haber esperado algo grande y haber encontrado algo pequeño, no puedo suspenderla. No soy capaz. No sé si es porque salen Liam Neeson y Ralph Fiennes pasándoselo pipa interpretando, sin mucha vergüenza, a los dioses Zeus y Hades, respectivamente. No sé si es porque, al fin y al cabo, sus cien minutos (quince menos que la original) se me pasaron volando aunque todo me importase un carajo. No sé si es porque algunos decorados, más clásicos de lo esperado, me remitían directamente a la antigua, o porque algunos efectos especiales me llevaron a mi época pre adolescente cuando flipaba con la peli de Mortal Kombat (1995). O puede que Gemma Arterton esté muy buena. La verdad es que, no salí cabreado del cine. No eche pestes tipo “sacrilegio”, “horror”, “insulto a la original”. Tal vez si pensé que Leterrier no es la persona indicada para encargarse de este tipo de superproducciones -aunque si de productos de serie B tan entretenidos como su Transporter 2 (2005)-, que espero que el remake que se avecina de Jason y los argonautas sea algo más que un divertimento tan olvidable, y que, si quieren hacer películas en 3d, las hagan así desde el principio de la filmación, y no, como es el caso, en post producción y con prisas. Yo no fui tonto, y no pagué los dos euros de más porque ya me informé sobre la chapuza (fotografía oscura, escenas de acción mareantes, nulo efecto de profundidad).

Valoración (0 a 5): 2,5


sábado, 20 de marzo de 2010

Desastres entrañables: Hoy toca Independence Day (1997)


Inicio esta nueva sección con uno de los títulos que mejor simboliza su nombre. No solo porque puede considerarse dentro del cine de "catástrofes” o “desastres” sino porque la película en sí es uno, aunque entrañable. Tal vez porque la fui a ver al cine siendo aún imberbe, y ya se sabe que por aquel entonces todo lo vemos mejor, más grande y más emocionante. Lo cierto es que las películas de su director, Roland Emmerich, a partir de la boñiga que nos ocupa, han sido igual de terribles, solo que ninguna ha conseguido tener la simpatía y efecto nostálgico de ésta. Independence Day, que a partir de ahora llamaré ID, podría irritar a los bienpensantes que no les gusta que con millones de dólares que podrían servir para ayudar al mundo, lo que hagan sus responsables sea destruirlo (en ficción) y destruirnos a nosotros (las neuronas) de paso. Pero coño, a diferencia de la destrucción neuronal y moral que suponen los subproductos que se fabrican aquí mismo, en España, el dinero que se invierte en ID no parte de ninguna subvención con nuestros impuestos. Así que, si esto es el capricho de los cineastas y magnates detrás de ellos, pues cojonudo. Empecemos.


Para no parecer tan patrioteros, nos cargaremos esta maqueta de la Casa Blanca

Lo primero que se me viene a la cabeza cuando veo una película sobre invasiones extraterrestres, o cualquier otro desastre que destruye el mundo, es ¿por qué huevos, si se sabe que en breve estamos condenados a los gusanos, la gente se pone a robar televisiones, móviles o coches? Supongo que es algo que no dista mucho de lo que pasaría en realidad (así somos los humanos, el único tonto no es Roland Emmerich o sus guionistas) pero mi pregunta sigue sin respuesta. ¿A caso quieren una televisión para seguir viendo en el cielo la intelectual programación con la que nos cuidan las cadenas? ¿A caso piensan que en el cielo habrá cobertura? ¿A caso creen que robando un coche más rápido escaparán del fin del mundo? Luego, en estas películas suele haber dos tipos de seres humanos: a. la muchedumbre y b. los héroes. Los primeros son pequeñas cosas que corretean de un lado a otro esperando a que algo se les caiga encima, o se tropiezan y algo se les cae encima, o se meten en un sitio que se les cae encima. Los segundos, son capaces de evitar la muerte decenas de veces, e incluso cuando, por lógica, uno piensa que se ha dado una situación tan CHUNGA que han tenido que morir, de algún modo aparecen en la escena siguiente con una gran sonrisa, acompañados de música de victoria. La conclusión es que la muchedumbre no vale un carajo (incluso, normalmente, valen más los perros o gatos, que suelen tener destinos esperanzadores similares al de los héroes), y solo están en la película para que veamos que en el fin del mundo alguien tiene que morir. ID sigue varios de estos tópicos (o teorías comprobadas) a rajatabla.



Se trata de una obra políticamente incorrecta. Si no ¿en qué otra peli habéis visto a Will Smith fumando?

Los héroes son tres: Un científico de metro noventa y cinco centímetros (Jeff Goldblum) que viaja montado en bici (ahora sería el orgullo de Al Gore mientras mira la película en su avión privado), un piloto del ejercito (Will Smith) y un surrealista presiente de los Estados Unidos, no sólo porque sea jovencito (ahora, dentro lo que cabe, Obama también lo es) sino porque, se dice, se comenta, que hace poco fue un valiente héroe de guerra. Los tres tienen sus historias sentimentales: el científico fue abandonado por su mujer, que ahora trabaja muy cerquita del joven presidente, y éste quiere recuperarla para no pensar que es otra Monica Levinski; el piloto de combate está saliendo, o está casado (no recuerdo, pero da lo mismo) con una bonita mujer que, sin que nadie sepa muy bien por qué, trabaja haciendo bailes del amor en un club de camioneros. Debe ser que el gobierno paga mal a sus pilotos; El presidente, pues está con la Primera Dama, vaya obviedad, pero a ésta le quedan dos telediarios, pues cuando comience la invasión queda echa mierda y, cosas de la vida (mensajes de parvulitos, se dice) la bailarina de locales sórdidos es la que la ayuda en sus últimos momentos. Las otras dos creo que terminaban vivas, pero esto da igual porque aquí lo que importa son los héroes, que ya comentaré luego como salen vivos de este tinglao.


El de Star Trek. Una mezcla de drogata, un heavy y John Carpenter.

ID empieza bien. Durante el primer tercio somos testigos, en versión extendida, de los momentos de destrucción que ya habíamos visto resumidos en el trailer. En ellos muere toda la muchedumbre, y ya solo quedan unos cuantos junto a los héroes para terminar la función. Tras esto, Will Smith le da un puñetazo a un extraterrestre y luego se fuma un puro. La cosa se estanca un poco durante la visita de los héroes a una de esas bases súper-secretas del gobierno donde esconden aliens sodomizados y naves robadas. Bueno, la cosa es que Will Smith lleva al espécimen que ha dejado gilipollas con su puño de acero, y una vez allí conocemos al que lo va a examinar: uno que salía o dirigió, o algo, bodrios de Star Trek. El tipo es un científico con pinta de drogata (eso, o que el actor fue drogado al rodaje y se produce dicho aspecto) Hace tiempo que en la peli no pasa nada, así que se sabe que está a punto de ocurrir algo chungo. Para esto tengo una sencilla formula:


Tenemos en pantalla


A ) Will Smith (héroe)

B ) Bill Pullman (héroe)

C ) Jeff Goldblum (héroe)

D) El de Star Trek (científico drogadicto)


Tiene que morir alguien por huevos ¿Quién será?


A) Alguno de los héroes

B) Todos los héroes

C) El de Star Trek


Efectivamente, se le acabaron sus diez minutos de fama.



El jefe alien en su puesto, con sus ordenas, pensando que en breve se apoderarán de la Tierra…

Después de un rato más que sin que pasa nada, por fin el presidente sale en busca de guerreros para la batalla final. Claro que hay poco donde elegir, o al menos es lo que parece a juzgar por los candidatos: nada menos que una panda de borrachos que dicen ser veteranos de guerra, y entre los que se encuentra un nuevo heroe que añadir al club. Se trata de un borracho (de los de verdad, no un borrachillo cualquiera) que va por ahí vagabundeando y bebiéndose su orín. Aún así, tiene un gran sentimiento patriótico, y esta decidido a acabar con los aliens que, según él, le petaron el culo hace años con sus sondas anales (o tal vez, conociendo su estado, fue su mujer completando uno de sus sueños eróticos, o algún otro vagabundo al que confundió con su mujer). Así, tras un discurso MEGA patriótico que les suelta el presi, los borrachos se montan en los aviones desafiando las advertencias de la DGT. No obstante, los misiles no le hacen nada a la nave alienígena, pues tiene un escudo bastante jodido. Las esperanzas se difuminan, los borrachos-muchedumbre van dando sus últimos tragos antes de criar malvas, y no parece que haya solución para el fin de la humanidad.


…hasta que descubre que con un puto virus informático se les va el plan por el retrete. Y eso que todavía no sabe como se les ocurrió a los humanos.

¿Pero de verdad alguien pensaba que se acabaría el mundo en ID? No, y como no hay formas normales de resolverlo, los guionistas acuden al bochorno. Para los que no hayan visto la peli de marras, que conste que lo que voy a decir a continuación no está exagerado para buscar un efecto humorístico:  En esto que están el científico y su padre de charla, y el primero estornuda. El padre le dice algo como “ten cuidado, que te vas a resfriar” y de pronto, le llega la inspiración. “¿Qué has dicho papá? ¡ He dicho que tengas cuidado o te resfriaras!… ¡Padre, eres un genio! Y con estas, el tipo crea un virus informático para viajar con una de las naves alienígenas secuestradas (que obviamente Will Smith sabe manejar a la velocidad que Neo aprende Kung Fu) y con un ordenador portátil les meten por el culo el bichejo y acaban con su escudo, con su planeta y con sus antepasados. Cuando ya no hay escudo, el borracho heroico consuma su venganza estrellándose a modo kamikaze con la nave especial. Pero aún queda algo… ¿con tal explosión mega-atómica que produce el virus, como saldrán con vida los otros dos? Pues no lo sé, ni el guionista lo sabe, ni nadie tiene la solución, pero aparecen en el desierto, donde ya les están esperando sus familiares, parejas y amigos, y se fuman un puro. Y colorín, colorado, esta boñiga se ha acabado…pero bien que te lo pasas antes de tirar de la cadena.

sábado, 16 de enero de 2010

Sherlock Holmes (2009)



Largo ha sido el recorrido del mítico detective Sherlock Holmes. Creado en 1887 por Sir Arthur Conan Doyle, ha proporcionado a la literatura decenas de historias entre series de novelas y relatos. Posiblemente inspirado en Auguste Dupin, personaje creado por Edgar Allan Poe, Holmes consiguió una mayor popularidad. El cine no tardó en darse cuenta del filón, y desde entonces actores como Peter Cushing, Robert Stephens, Jeremy Brett o Basil Rathbone le han dado vida en cine o televisión. La ingente cantidad de películas sobre el personaje, desde 1900 hasta nuestros días, es solo una parte del universo extra-literario surgido. El teatro, los cómics y los videojuegos también han tenido un papel importante, y las series de dibujos animados le acercaron a los más pequeños. Aunque ya se había modernizado la estética y el tono con la magnifica El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, 1985), que narraba sus inicios, faltaba llevarlo a un nuevo nivel actual dentro de su madurez. Es ahí donde ha recaído el interés del guión, en contar lo mismo de siempre, pero añadiendo mayor sarcasmo, desfachatez y, como sino de los tiempos, elementos de aventura y acción digital.



En realidad, el referente directo de éste Sherlock Holmes es el cómic Lionel Wigram, que, dejando intacta la base de los personajes, añadió nuevas habilidades a los personajes y sacó a relucir más las que andaban algo tapadas (el Holmes que combate cuerpo a cuerpo, Watson experto en el uso de la espada). La intención es la de hacer un blockbuster, accesible a todo tipo de espectador, de cara a crear la imprescindible franquicia. En ese sentido, la idea de otorgar la dirección a un tipo ajeno a estas superproducciones, como es Guy Ritchie, resulta desconcertante en un principio. Pero, echando la vista no muy atrás, directores como Sam Raimi y Peter Jackson, otrora reyes del (buen) terror de bajo presupuesto y, al igual que Ritchie, autores bastante alocados y dispuestos al sano desvarío del montaje, han sido elegidos para salir de su relativo underground y hacerse cargo de algunas de las sagas más taquilleras de la historia. El traspaso, como era de esperar, provoca la desaparición de parte de su firma, en pro de lo convencional, aunque respeta otra parte de los vicios creativos que le dieron  fama con las más que correctas Lock & Stock (Lock, Stock and Two Smoking Barrels, 1998) o Snatch, cerdos y diamantes (Snatch, 2000).



El mayor acierto de Sherlock Holmes se encuentra en el casting. Robert Downey Jr. y Jude Law, poniendo rostro a Sherlock y Watson, respectivamente, aportan la suficiente personalidad y carisma en sus roles. En el caso de Downey Jr., estupendo actor justamente resucitado en los últimos años, éste demuestra una vez más que es capaz de llevar en sus hombros no solo, como estrella, el peso de la función, sino también dotarla de la (citada) personalidad que, en otros tiempos, solía ser marca de la casa de James Stewart, Robert De Niro o Al Pacino, entre otros. Ahora bien, que eso sea suficiente para aplaudir Sherlock Holmes es relativo. Y es que, aun con los buenos valores mencionados, la película se resiente de un tono en la dirección algo disperso. Le falta un hervor, vaya. Si la pretensión de Ritchie es marcarse un blockbuster, éste se queda corto, y si es mantener su estatus de autor, se pierde bastante por el camino. Un caso similar a lo ocurrido con el Hulk (2003) de Ang Lee, que sin ser una mala película, peca de quedarse a medias en la búsqueda de su verdadera entidad. A parte, Ritchie no parece cómodo con las escenas de acción, por lo que, aunque funcionales, no consiguen impactar o entretener más allá de lo pasable.

viernes, 8 de enero de 2010

Número 9 (9, 2009)



La mayoría de películas de animación occidentales que han tratado de ponerse serias, han terminado en hondos pozos. Ya no en calidad (que a veces también) sino en lo comercial. Lo más cercano a un cine animado adulto y de calidad lo propone cada año Pixar. El resto, moñadas con ínfulas más bien juveniles. Es difícil que un estudio se arriesgue a que su película sea calificada con un PG13 por pringarse un poco más de lo normal. Tim Burton, en asociación en la producción con Timur Bekmambetov, que para quién no le suene su ultima película fue la correcta (aunque descafeinada en comparación con el grandioso cómic en que se basa) Se busca (Wanted, 2007), llegaron al acuerdo de “resucitar” ese cine de animación más adulto. El resultado, éste Numero 9, es, efectivamente, un ejercicio de ciencia ficción sombrío y adulto (con algunas licencias infantiles, obvio), pero lleva consigo un problema. Y es que, ahora que se ha conseguido crear una obra animada de verdad oscura y pesimista, ha contado con un guión bastante vacío. La sensación es que no han querido mojarse más de la cuenta, y para contrarrestar el tono se han metido con calzador numerosas escenas de acción y aventura. Bien resueltas, eso sí.



Tenemos a un grupo de muñecos que malviven en un mundo asolado por la guerra. Dicha guerra, enfrentó a humanos y maquinas, siendo éstas las que se han apoderado de la situación. La llegada de otro muñeco, el número nueve del titulo, y un aparato que porta y utiliza erróneamente, les traerá aún más problemas. A cambio, obtendrán inesperadas respuestas al porqué de su existencia. La base de la trama es algo que ya hemos visto otras veces, y mejor expuesto, en por ejemplo Terminator (1984) o Matrix (1999). La aventura, como apunté, está invadida de continuas escenas de acción, logradas pero en ocasiones intrascendentes. Lo que realmente destacada es el apartado visual. La animación resulta sublime teniendo en cuenta su presupuesto (30 millones de dólares, aunque cueste creerlo). Además, han tenido el acierto de no alargarla más de setenta minutos sin contar los créditos. Es la razón principal por la que Número 9 se salva de resultar aburrida y ya entonces del todo fallida.


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